Crónica sobre una conferencia de Ricardo Piglia sobre la traducción (publicada en Clarín el 21 de julio de 2010)

La historia de la literatura argentina es impensable sin una historia de las traducciones de las que se fue nutriendo. Sin embargo, la importancia de las traducciones en la historia de la literatura argentina parece no haber sido cabalmente reconocida.
Eso dijo Ricardo Piglia para empezar su presentación en el Club de Traductores de Buenos Aires, que cada mes convoca a un invitado para hablar en público de cuestiones vinculadas con el oficio, cuestiones “técnicas, administrativas y esotéricas”, según la definición de Jorge Fondebrider, el anfitrión. Esta vez –la charla fue en el Centro Cultural de España en Buenos Aires– faltaron sillas para acomodar a la gente que fue a escuchar: hubo que sacar bancos de un depósito e incluso así quedaron personas de pie.
Piglia, que ya escribió un ensayo sobre distintas figuras de lectores, está trabajando en un texto sobre escenas de traducción en la cultura argentina. Enumeró algunas: Mariano Moreno traduciendo una novela de divulgación histórica para distraer el ocio en la travesía que lo llevará a la muerte; Sarmiento garabateando en las piedras de la cordillera mientras huye al exilio, esa cita en francés ( “on ne tue point les ideés” ), que condena a la barbarie a quienes no puedan traducirla. O la historia del General Paz cuando, boleado por las montoneras de Estanislao López, espera que vayan a liquidarlo y en cambio le alcanzan Los comentarios a la guerra de las galias , de Julio César, que empieza a traducir. O la de ese personaje fascinante que fue primer traductor de Edgar Allan Poe: Edelmiro Mayer, un general argentino que peleó en la Guerra de Secesión, en Estados Unidos, y después gobernó la zona de Tierra del fuego.
Pequeños relatos, en realidad, que van dibujando la fisonomía de los traductores del siglo XIX, y “la aparición de rasgos específicos de los usos populares del Río de la Plata, que permiten despegar las traducciones de su tradición más colonial”, dijo Piglia.
Lo más interesante de la charla, sin embargo, fue cuando Piglia se refirió a la capacidad que tienen las traducciones para romper con las tradiciones literarias y establecer relaciones que van en contra del canon. Y citó dos casos. El primero, el de la traducción de Borges de Las palmeras salvajes , de William Faulkner, una novela de segunda línea en la producción del norteamericano que, a partir del estupendo trabajo de Borges, se lee como central en el mundo hispano e influencia a autores como Dalmiro Sáenz, Miguel Briante, Gabriel García Márquez o Guillermo Cabrera Infante.
El segundo caso es el de la traducción que hizo José Bianco de Otra vuelta de tuerca , de Henry James, relato que Piglia calificó como “comercial” y muy por debajo de otras nouvelles de James, pero que en castellano se lee como una de sus obras maestras gracias a la reconocida versión de Bianco.
Sobre el final, recordó un comentario de Virginia Woolf, que dijo que sus amigos aseguraban que La guerra y la paz , de Tolstoi, era la mejor novela que habían leído, pero todos la habían leído traducida. “ La narración sobrevive a lo puramente verbal . La historia, la emoción, quedan. Es un aspecto democratizador de las novelas. Las novelas son traducibles. Incluso uno puede pensar que la novela se acaba cuando aparece la primera que no puede traducirse , porque está hecha de todas las lenguas: el Finnegans Wake , de Joyce”, agregó Piglia.
No hubo polémicas. Después de la exposición, Fondebrider le hizo cuatro preguntas al autor y hubo cuatro preguntas del público sobre los autores que se traducen a sí mismos. Entonces, Piglia dio por terminada la reunión.