Crónica sobre un desfile de Sergio de Loof (publicado en Clarín el 26 de junio de 2010)

Nadie entiende muy bien quién es ni qué hace Sergio De Loof. Algunos recuerdan que tuvo un bar, Bolivia, que fue epicentro de una movida que no saben si ubicar en los ’80 ó en los ’90. Otros mencionan una película, cuyo título no retienen. Mejor: que nadie pueda definirlo es lo que hace que hace que De Loof sea una suerte de último gurú del under.
Cinco horas antes del desfile con el que abrió Arte BA, De Loof se pasea por un backstage casi desierto, preocupado y “al pedo”, porque apenas se presentó un puñado de las 90 personas anotadas en el grupo que abrió en Facebook. Un muchacho gordo y grandote, que casualmente ha traído ropa para la pasada, se deja convencer. Sí, que lo rapen. De Loof le busca una enorme tela roja. Desfilará como un Buda.
En las paredes, algunos papeles pegados señalan dos conceptos del desfile: “étnico” y “freaks”. Hay fotos de revistas con indios australianos, mujeres con burka, ekekos. También hay una foto de Lio Messi.
Tiradas en el piso, en montoncitos, las prendas que usarán los modelos. Ponchos, chilabas musulmanas, pantalones de lana, pieles de cordero, polleras escocesas, muchos morrales, sombreros de yute, pedazos de telas diversas, frazadas, cinturones de cuero, zanahorias, choclos, cebollas, ositos de peluche, vírgenes de Luján, atados de ramas secas. “Esto es de mamá, que se arrepintió enseguida de dármelo”, dice De Loof levantando un bolso de feria con motivos chinos. Todas son cosas que él mismo ha ido acumulando con los meses.
De Loof es bajo, usa una remera verde y tiene varios tatuajes pequeños en el cuello. Sus asistentes han ido a buscar más modelos y ahora empiezan a llegar con voluntarios y voluntarias. El saluda a cada uno con un beso. A muchos ya los conoce. Son artistas emergentes que estaban bebiendo champagne en la inauguración de la feria.
“¿Sergio, qué pensaste para mí?”, le pregunta una de las que llegó más temprano. “Nada”, dice él. Después de pasar por peluquería (cuanto más desprolijo y salvaje, parece, mejor) quienes van a desfilar empiezan a vestirse un poco por su cuenta, eligiendo las prendas que más les gustan. De Loof siempre interviene, improvisa en el momento, marcando su estilo, armando los modelos y dando la aprobación final. Su estilo es el del reciclado, el canje, el cartonerismo. Sus combinaciones son extravagantes y duran lo que el desfile. Una de las chicas que va a modelar dice que “la tradición de Sergio”, es hacer cosas maravillosas con “dos trapos”. Hay quienes ven en las suyas las manos de un modisto genial. Pero De Loof no se siente cómodo con la definición: “lo que yo hago no es moda. Es un espectáculo, una expresión artística”.
-¿Qué dice del mundo su espectáculo?
-Dice que dejen vivir a los pobres, que los dejen participar.
-¿Qué es el arte para Sergio De Loof?
-El arte es como somos nosotros, contesta.
Daniel Abate, el galerista que organizó el desfile, pasa de a ratos trayendo coleccionistas y visitantes internacionales para que vean el detrás de la escena. Todos quedan sorprendidos. “It`s incredible, it`s incredible”, exclama una mujer.
Cada vez llegan más voluntarios. Parece que una familia que se acercó el lugar por curiosidad va a aceptar desfilar en pleno. De Loof quiere que también haya una chica de quince años. Ya hay una mujer de setenta, que lleva en la cabeza una guirnalda de coloridos objetos de plástico. El clima de trabajo es intenso, y de pronto se ha generado una magia muy particular, como un encantamiento, alrededor de este hombre de verde que va y viene buscando cosas, da notas a los medios, se tira entre la ropa para que le saquen fotos. “Latinoamérica es color, es todo lo que voy a decir”, le dice a una periodista. Habla con cada uno y con todos al mismo tiempo. “No se burlen de los demás. Díganse entre ustedes: qué lindo que te queda lo que tenés”, se divierte. Pide alcohol y mandarinas. Una asistente le dice que no hay. Un amigo se ofrece a ir a comprar unas petacas a la calle.
Al final, ya son pocas las prendas que quedan por el piso. De Loof viste a uno de sus modelos con una bolsa de residuos de consorcio abierta al medio. Los últimos no tienen muchas alternativas. Saldrán desnudos.
Quinces minutos antes, organiza lo que falta. Arma una fila india. Primera va una travesti que arrastra una larguísima cola de novia hecha con pedazos de nylon atados entre sí. La última es una performer que avanzará revolcándose por el piso.
Hay una especie de arenga final, donde De Loof les pide que “caminen pausado, como si mostraran alta costura, como si siempre hubieran desfilado. Cuanto más profesional lo llevemos, más autopower va a ser. Y tiren mala onda, porque yo tengo mala onda”. Después, una bendición de arcilla, que arroja sobre las cabezas de sus modelos. Y a la pasarela. Las cámaras de fotos, de video y de televisión que esperan afuera seguirán dando forma a la imagen de este artista inasible que se llama Sergio De Loof.