Nota sobre Kjell Askildsen (publicada en Perfil, el 13 de junio de 2010)

El noruego Kjell Askildsen es un escritor de frases fuertes y de personajes débiles. De sentencias descarnadas y de sujetos incapaces de hablar. De diálogos cargados de cinismo entablados por sujetos que no alcanzan a comprender lo que les sucede.
El narrador del primero de los relatos recopilados en sus Cuentos reunidos es un hombre de ochenta años que va a visitar a su hermano. El hermano es novelista, escribió “una veintena de novelas largas”. El narrador también es escritor, pero apenas ha escrito “unos libros breves”. Le propone a su hermano jugar una partida de ajedrez. El novelista se niega: no tiene mucho tiempo que perder, su obra “aún no está concluida”. El narrador se irrita. “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo”, le grita. Ajedrez, se llama el cuento. “Demasiadas palabras para tan poca cosa”, le responde el hermano, y agrega: “Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.
Todavía no sabemos lo que escribe Askildsen, pero sí sabemos lo que piensa de lo que se escribe. Es un comienzo intenso que sortea el riesgo de los esquematismos. Es que, al fin y al cabo, el narrador y el novelista son hermanos.
“El hombre y la literatura son sus únicos temas”, señala Fogwill en el prólogo al libro.
Y es cierto: pero no sólo porque en varios de sus relatos la experiencia de la vida está mediada por la literatura (gente que lee, gente que escribe), sino porque también su moral de escritura es también una moral de la vida. ¿Una moral minimalista? “Estilísticamente”, existen muchas similitudes: las frases cortas, descriptivas, las anécdotas breves, de la vida cotidiana. Askildsen ha reconocido a Ernest Hemingway como uno de sus mayores maestros, pero le molesta que lo vinculen con el minimalismo sucio, de tipo carveriano. “Es lo que más me irrita, no tengo nada que ver. Nunca escribo menos de lo que tengo que escribir”, dijo. En sus relatos es común encontrarse con expresiones del tipo: “No tengo intención de relatar aquello”, “basta ya de hablar de eso”.
Dice Askildsen: “El objetivo del autor es hacer leer al lector. No tiene derecho a esperar algo del lector. Si consigues que muerda el anzuelo, también hay que subir el pez del agua. Mi intención es que el lector sea como el pez que llega a tierra y se queda coleando. Quiero crear desasosiego. No me gusta un relato que no crea desasosiego”.
Tiene 81 años. Según los medios, vive en las afueras de Oslo, cerca de una pista de salto de esquí y de la casa de Jostein Gaarder, de quien es muy amigo. Lee varios diarios con especial interés y muchas novelas policiales. Escribe de noche, a mano, con una birome, custodiado por una cerveza o vino, que en general no bebe. Además de Hemingway, le gustan los franceses Alain Robbe- Grillet y Claude Simon. En algún momento, escribió poesía política. Es traductor (August Stridenberg, Samuel Beckett, Harold Pinter) y desde que en 1953 publicó su primer libro de cuentos, editó otros nueve: siete de relatos y dos novelas (una de ellas, inspirada en la literatura de Simon). Está traducido a más de veinte idiomas, pero hace diez años que no publica nada nuevo. “Para muchos”, dicen en una solapa, “es uno de los mejores cuentistas europeos contemporáneos”.
Por suerte, cuatro de sus libros han sido traducidos al castellano por la editorial española Lengua de Trapo, que acaba de instalarse en la Argentina. Traducidos por Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo, son: Un vasto y desierto paisaje, publicado en Madrid en 2002; Ultimas noticias de Thomas F. para la humanidad (2003); Los perros de Tesalónica (2006), y Desde ahora te acompañaré a casa, su primer libro, que llegó a España en 2008. Los relatos de estos cuatro volúmenes son los que están incluidos en estos Cuentos reunidos, reordenados por Fogwill.
“Elegí ordenarlos por un contrapunto de personas narrativas, extensiones relativas e intensidad del conflicto dramático. El orden cronológico no se adecuaba a un escritor como éste, que ha hecho de la fidelidad a sí mismo un rasgo de estilo”, señala el autor de La buena nueva de los libros del caminante. “Su mundo es algo que invita a ser revisitado para recuperar la noción de ficciones verdaderas”, dice Fogwill.
La crítica ha dicho de Askildsen que “logra mostrar lo miedos agazapados y la hibernación de los rencores, del cinismo de la maldad, de la infelicidad de la rutina”, que “retrata la llamada sociedad del bienestar como una aburrida estructura de consumidores que no consigue expresar ni un solo sentimiento”, que da cuenta “del tic tac del desaliento emocional”, que “pinta un retrato cínico y amargo de la humanidad”, que, “sobrio, conciso y claro como el hielo, pocos como él consiguen en muy pocas líneas retratar la sociedad del bienestar y golpear de esa forma la conciencia de lector”.
La excursión de Martín Hansen es el tercer relato del libro. Martin Hansen, el narrador, padre de una adolescente, a cuyas amigas espía desde la ventana, le dice a su mujer que ha recibido un llamado de su hermano y tiene que ir a verlo a un bar. Va a un local en un barrio que no suele frecuentar, se toma unas cervezas, le sigue el juego a un tercero que lo confunde con otra persona y luego vuelve a caminar, hasta una estación de trenes, donde toma más cerveza. Cuando se dirige al baño a orinar, le dan un golpe en la cabeza para robarle y cae desvanecido. Se vomita encima. Lo llevan a un hospital. Su mujer va a buscarlo. Entonces le confiesa que su hermano nunca había llamado por teléfono.
“¿Estás aprovechando esta situación para contarme algo que de otra forma no habrías conseguido decirme?”, le pregunta ella. “Sólo digo lo que hay”, responde él. Y luego piensa: “Mis disimulos y mis mentiras constituían una condición para mi libertad”. Pero, ¿qué libertad es esa?, podría preguntarse uno.
El deambular de Martin Hansen es el deambular de prácticamente todos los protagonistas de los cuentos de Askildsen. “Tenía que romper con el punto de partida, salirme del marco”, dice uno de ellos. La fuga efectiva consiste en atravesar el jardín, andar sin rumbo por la ruta, entrar en un bar desconocido. No mucho más. No hay otro lugar al que ir. Después, sólo queda regresar. Y sin embargo, en ese pequeño migrar, hay todo un retrato del estado del mundo y de sus habitantes.
A propósito de Kafka y de Peter Handke, se preguntaba hace unos años el filósofo del “pensamiento débil” Pier Aldo Rovatti acerca de la figura del hombre que se aleja deambulando. ¿Es un hombre completamente desencantado, repleto de ironía negativa, el “último hombre” que, a estas alturas, ha aprendido a aceptar irónicamente cualquier tipo de nihilismo? ¿O tal vez podría pensarse en una lógica del descentramiento del sujeto, capaz de describir contemporáneamente lo que le sucede al hombre cuando se aleja de su centro? En todo caso: ¿de qué centro huyen los protagonistas de Askildsen?
Varios de los personajes son viejos, aunque se comporten como adolescentes (que se comportan como niños). Viven en los suburbios de alguna ciudad noruega; varios relatos transcurren durante los días domingo. En estos cuentos el mundo del trabajo prácticamente no existe. Ni como realidad ni como preocupación. Lo que se dibuja es una especie de geografía del tiempo inútil, del tiempo muerto.
El miedo, un miedo de algo que no se sabe, es una presencia repetida. También la distancia que separa a los personajes de los objetos, de la “vida”. Ahí está la materialidad de los objetos, no su sentido. Muchas cosas les suceden a pesar suyo, y no las entienden. Son incapaces de comunicarse, de establecer un vínculo franco: mienten, sospechan, callan. (“¿Qué sabe ella de mí que yo no sé que ella sabe?” “Dime lo que piensas que yo creo”.) No son pocas las escenas de voyeurismo, mientras que la mirada de los demás se vuelve casi insoportable.
Tampoco es irrelevante la carga de frustración sexual que arrastran los personajes: el padre que fantasea con la amiga de la hija, el hijo que ve al padre masturbándose, el hombre que tiene sueños eróticos con su hermana. El disvalor siempre está en el otro. Se maltratan entre sí; la familia es resaltada como un núcleo particular de producción de infelicidad. Los atemoriza el fantasma de lo irracional, de la locura. De no poder controlarse. Y se aburren. Muchos esperan la muerte. Todos tienen tiempo libre, un pequeño jardín que funciona como acceso a una naturaleza domesticada y miniaturizada. Pero básicamente, sin importar la edad, todos cargan con el peso de no haber vivido lo suficiente. Son perdedores y cobardes. “Morirás antes de llegar a ser feliz”, dice uno en un momento.
La religión y la economía capitalista, convertidas en discursos sobre el marketing o los negocios, funcionan casi como dogmas equivalentes contra los que Askildsen arremete. Hay en algún cuento una mirada decepcionada hacia la izquierda. Y una mención al aumento del desempleo.
“Soy políticamente consciente. Escribo sobre nuestra época, sobre el espíritu de esta época, sin decirlo con palabras. El mundo está consignado en los relatos de la misma manera en que está consignado en mí”, dijo Askildsen en otra de las escasísimas entrevistas que dio (siempre en noruego, porque a pesar de traducir del inglés teme no expresarse con exactitud en una lengua que no es la suya).
Un crítico ha dicho que “la mirada de Askildsen es contundente y despiadada, y nos recuerda que son más lúcidos y nítidos los sentimientos no positivos, al ser menos impuros en cuanto al sentir en la medida en que no generan dudas”.
En cualquier caso, en este marco de vidas en descomposición, las frases asertivas, fuertes, cínicas, que caracterizan la escritura y el habla de los personajes de Askildsen, tal vez deberían ser leídas en su revés: no como exhibiendo una seguridad sino como exhibiendo el tono casi paródico de esas formas de la seguridad. Son más las bravuconadas de viejos fóbicos y cascarrabias que la sabiduría de aventureros transidos por la experiencia. Entonces, no constituyen tanto el punto de vista con que se mira la realidad, sino la realidad observada.
Porque el punto de vista desde el que escribe Askildsen parece más difícil de encontrar, pero como en La carta robada, siempre está delante de los ojos del lector. Siempre está mencionado. En este sentido, es en los cuentos en los que escapa de esa tipología del renegado donde se encuentra lo mejor de la, sin dudas, logradísima producción de Askildsen.
En La noche de Mardon, Allí está enterrado el perro, El clavo en el cerezo o Cría de gaviota, por ejemplo. Son varios los cuentos buenísimos que hay en el libro. En Cría de gaviotas, un día de mucho viento, una pareja de amigos sale a navegar. De chica, ella soñaba con morirse en un bosque y él se ríe sin motivo en situaciones inesperadas. Le cuenta a ella de unos indios “que si cada día no hacen algo que pueda costarles la vida, les parece que no han vivido de verdad”. Alcanzan una pequeña isla erizada de piedras y de pinos contrahechos. Ahí descubren en una grieta un nido con una cría de gaviotas. Las gaviotas bajan chillando hacia ellos, que huyen asustados. El no entiende si ella lo quiere. Hacen una fogata. La fogata se convierte en un incendio. Se pierden en medio del humo. El incendio se extiende, les cuesta llegar a la barca. Finalmente suben y salen. Ella lleva consigo la cría de gaviota. No saben si sobrevivirá.
Es un relato zigzagueante, abierto, no demostrativo. Una atmósfera ominosa ensombrece cada instante. Pero, otra pregunta: ¿la sombra de qué? Para Askildsen la literatura jamás es la explicación de algo. La literatura no es algo que sirva para entender. O tal vez sí. “Lo único que significa algo es… ¿Qué?, preguntó ella. Nada, nada, contestó él” (El significado). Pero ya lo sabemos, porque nos lo ha dicho: lo único que significa algo es vivir de verdad.