Nota sobre Juan Carlos Bustriazo Ortiz (publicada en Clarín el 7 de junio de 2010)

En las esporádicas y extrañas entrevistas que daba, decía Juan Carlos Bustriazo Ortiz que los libros se los dictaba Dios: poema por poema, palabra por palabra, sin errores ortográficos y con títulos incluidos. Todo en un orden perfecto. El, simplemente se limitaba a escribirlos a máquina y numerarlos.
En una entrevista que se publicó en la Revista Ñ hace dos años, el lo contó así: “Recuerdo perfectamente el dictado de Dios: miré al cielo y escuché su voz, una voz que me emocionaba”.
Su primer libro, Los Poemas Puelches, es de 1952. Tenía escritos al menos setenta y seis el martes último, cuando murió, a los 81 años, en la ciudad de Santa Rosa, donde su figura era reverenciada como la de un verdadero poeta mayor. Pero quizás porque de esos setenta y seis libros apenas fueron editados seis (el resto permanece inédito), y en tiradas de poco alcance, es que su obra, incomparable, inclasificable, durante mucho tiempo resultó casi inaccesible. Recién a mediados de los años ’90, y gracias al empuje y a la difusión que le dio un grupo de poetas jóvenes, la literatura de Bustriazo Ortiz empezó a ser reconocida en todo el país. Y con ella también la leyenda que lo rodea.
Bustriazo Ortiz vivió, de joven, como telegrafista de la policía, en distintos puntos de La Pampa. Apasionado por la arqueología, buscaba y recogía piedras, puntas de flechas y restos de alfarería indígenas. Hizo de su cuarto una habitación museo. El carácter nómade lo conservó toda la vida. Son famosas sus interminables caminatas nocturnas por las calles de Santa Rosa, siempre cargando un mismo portafolio, donde llevaba una linterna para encandilar a los perros, libros de poemas y un vaso para beber vino. El vaso estaba tan usado que se le había formado una costra tinta, y tenía una tapa para evitar que los espíritus de la bebida lo abandonaran.
“A los 19 yo ya tomaba. Como mi padre, le ponía vino a la sopa. En una época tomaba siete litros de alcohol por día, pero no me hacía mal nada. Dicen que yo tenía una técnica para no emborracharme, que al tomar vino lo masticaba para que las papilas gustativas no se impregnaran con el alcohol”, recordó Bustriazo en un testimonio tomado por Andrés Cursaro.
El interés por lo arqueológico se encuentra en su obra en la incorporación de un vocabulario regional donde se mezclan lo criollo con lo mapuche. Hay una dicción y una acentuación arcaica en su poesía. Pero hay mucho más: también abundan los neologismos. Y aunque existen diferencias importantes entre sus libros, algo que tienen en común es que las estructuras sintácticas están como arrasadas por un fluir del lenguaje que parece no admitir interrupciones. Las palabras tienden a liberarse de las oraciones.
Para el crítico Carlos Battilana, se trata incluso de “la exploración de un complejo preverbal, anterior a la existencia de los significantes”. El libro del Ghenpín, se titula uno de sus libros. Ghenpín, en mapuche, es un vidente, un hechicero que dirige rogativas y sacrificios de animales.
En los poemas de Bustriazo Ortiz hay un ritmo encantatorio que se apoya mucho en el sonido de las palabras, casi independientemente de su sentido. De hecho, su obra ha sido musicalizada por una gran cantidad de intérpretes, y muchos de sus poemas figuran como balada, canción, o neotango.
Fue también corrector y linotipista en el diario La Arena. Le gustaban Dylan Thomas y Walt Whitman, André Breton y Atahualpa Yupanqui. En los últimos años, sucesivas internaciones por problemas anímicos lo hicieron interrumpir la escritura, a causa de la medicación. Nunca tuvo compañera, pero se casó poco antes de morir, con la mujer que lo había cuidado en el hospital.
La edición, en 2008, de Herejía Bermeja, una estupenda antología de Ediciones en Danza de parte de sus libros, preparada y prologada por Cristian Aliaga, puso a Bustriazo Ortiz al alcance de todo el público lector. Bruja, nómade, lírica, musical, arcaica, renovadora, las cuerdas que ha tocado su obra poética seguirán vibrando durante mucho tiempo en el campo de la literatura argentina.