Reseña sobre La piedra alada, de José Watanabe (publicada en Perfil el 7 de marzo de 2010)

Una piedra en medio del río, a la que se trepan los nadadores, como lagaritjas. Una piedra blanca a la que se aferran las raíces de un árbol. Una piedra sobre la que han quedado adheridos los tendones de un pájaro muerto. Dos piedras enterradas, que recuerdan a unos bueyes enfrentándose a cornadas. La piedra, “desplazada hacia el este”, de un jardín japonés. Las piedras que, “como recién caídas” en una planicie, fotografió Ansell Adams. Una piedra como el cráneo de un animal prehistórico. Las que trepan, “sólo movidos por la alegría de sus músculos”, dos escaladores. O las que remueven las mariscadoras buscando almejas, o la que la hermana del poeta usa para golpear el cuchillo. O aquella, tibia, sobre la que, desnudo, se sienta el hermano del poeta, dejando, tal vez, al irse, “una lengüita de fuego de Pentecostés”.
Los poemas de La piedra alada, del peruano José Watanabe, crepusculares, melancólicos, severos, con trazos de un humor demoledor, se desarrollan según una lógica narrativa de raíz oriental: una sucesión de imágenes muy ajustadas, descriptivas, como registros flotantes, jamás metafóricos, y una subjetividad que, con una impronta más “occidental”, anuda esas imágenes en un concepto.
Casi condenadas a su “impenetrable intimidad”, casi tautológicas (“lo que se ve es lo que se ve”), las piedras de Watanabe son símbolo y sentido de la vida y de la muerte. Pero lo que se dice y lo que no se dice no sólo es una moral de vida (un “orgullo triste”), sino también la exposición de una poética de una madurez sorprendente.