Nota sobre Reinaldo Arenas (publicada en Perfil el 21 de marzo de 2010)

Ni llamativos ni iluminadores, los títulos de la mayoría de los libros del cubano Reinaldo Arenas no resultan paticularmente interesantes: Celestino antes del alba, El mundo alucinante, Otra vez el mar, Termina el desfile, El Central, Arturo la estrella más brillante, Viaje a la Habana, La loma del Angel, Adiós a mamá, El portero, Antes que anochezca, El color del verano. Ni para bien ni para mal llaman demasiado la atención; no esconden metáforas ni enigmas: son indicativos de algo que apenas entrevemos y con lo que, en principio, no parecen tener una relación conflictiva. Tal vez por esa muletilla que dice que la excepción confirma la regla, tiene otro libro con un título mucho más extravagante: El palacio de las blanquísimas mofetas. Y sin embargo, uno de sus últimos textos, de poesía, se llama, sin más: Voluntad de vivir manifestándose.
Cuando tenía apenas 23 años, en 1966, Arenas ganó un premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por su primera novela: Celestino antes del alba. Monólogo desquiciado, radical, atroz, heterogéneo, de un niño idiota alrededor de la relación con su madre, a pesar de que se abre invocando las figuras de Wilde, Lorca y Borges, es la sombra de Rimbaud la que mejor lo cobija: “Ven, demonio”. Es un libro que termina tres veces y que, por ejemplo, en cuatro páginas, repite 237 veces la palabra “hachas”.
El texto (el único que Arenas publicó en Cuba) destacó de inmediato en la escena literaria latinoamericana. Eran los mejores años de ese fenómeno amplio y diverso que se conoció como el boom. Y si bien no sería justo adscribir a Arenas al boom, también es cierto que en sus primeros libros, en la escritura de sus primeros libros, hay una clara entonación latinoamericanista.
Fue gracias a Celestino... que Arenas, que había nacido en la provincia de Holguín y hacía apenas unos meses que estaba en La Habana, conoció a José Lezama Lima. Lezama fue uno de los modelos de honradez intelectual que Arenas más admiró. El otro fue Virgilio Piñera, a quien conoció al año siguiente, cuando se segunda novela, El mundo alucinante, volvió a ganar un premio de la UNEAC.
“Venimos del corojal. No venimos del corojal. Yo y las dos Josefas venimos del corojal. Vengo solo del corojal y ya casi se está haciendo noche. Aquí se hace de noche antes de que amanezca. En todo Monterrey pasa así: se levanta uno y cuando viene a ver ya está oscureciendo. Por eso lo mejor es no levantarse”. Así empieza el libro, con cierta prosodia rulfiana.
El mundo alucinante es una reescritura de las ya “inverosímiles” Memorias del fraile mejicano Servando Tersea de Mier, “una de las figuras más importantes y casi desconocida de la historia literaria y política de América”. Arenas contó alguna vez que empezó la novela reescribiendo el primer tomo de las Memorias del fraile, y que cuando tuvo que pasar al segundo, no encontró el libro en ninguna biblioteca, así que con algunos datos biográficos se dedicó a imaginar los pormenores de la carrera alucinada del monje por Europa y su regreso a México.
El libro es una suerte de hilarante inversión del punto de vista de los libros de crónicas españolas: ahora es un americano, encima réprobo (puso en duda la existencia de la Virgen de Guadalupe) e independentista, que recorre, perseguido, el viejo continente, burlándose e ironizando sobre las ciudades y sociedades coloniales.
Héctor Libertella eligió El mundo alucinante para ejemplificar ciertas características de la nueva novela latinoamericana “del lenguaje”. En la facultad de Letras, a fines de los ’80, Noé Jitrik la trabajó como posibilidad de novela histórica, comparándola con otros textos espectaculares: 1492, vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla, de Homero Aridjis, y La llegada, del portorriqueño José Luis González .
En su momento, sin embargo, con el voto en contra de Alejo Carpentier, la novela no pudo ser publicada en Cuba. Piñera ayudó a Arenas a terminar de corregir el libro y Jorge Camacho, un pintor cubano que vivía en España pero estaba exponiendo en La Habana, sacó el manuscrito y lo entregó a Editions du Seuil, que lo tradujo y editó en París. En 1969, el diario Le Monde la distinguió como la mejor novela extranjera publicada en Francia.
El éxito del libro agudizó los problemas que Arenas ya venía arrastrando con el castrismo: por haber escrito dos libros irreverentes o directamente críticos con el gobierno, por haber sacado el libro clandestinamente, por frecuentar a figuras incómodas para la oficialidad cultural, como Lezama Lima y Piñera, y por ser abiertamente homosexual.
Así y todo, Arenas logró fugar otro libro: El palacio de las blanquísimas mofetas, que sería editado en Francia y Alemania, y en el que de alguna manera busca retomar, sin lograr la misma espontaneidad, el espíritu formal de Celestino..., relatando ahora la vida de un escritor adolescente durante la dictadura de Batista. Sin embargo, con el manuscrito de su cuarta novela, Otra vez el mar, Arenas no tuvo la misma fortuna que con las anteriores, y el texto le fue incautado dos veces.
En 1973 es detenido en la playa, después de haber mantenido relaciones con unos jóvenes que lo roban y denuncian. Logra escaparse de la policía y vive econdido en la calle, y en algunas casas. Empieza a escribir Antes que anochezca, su libro de memorias, sobre el cual Julian Schnabel filmará la recordada película que Javier Bardem protagonizará en el rol del escritor.
El límite entre lo real y lo fantasioso es extremadamente difuso en la autobiografía. Es como si casi en cada escena el lector fuese empujado a preguntarse: ¿esto es verdad? ¿O está exagerando? Arenas cuenta su vida como si ésta hubiese sido, también, una vida alucinante. Al respecto: si bien en sus primeros libros ese carácter “alucinado” parece originarse en creencias populares como la brujería, en cierto imaginario pop del comic, en los fantasmas familiares, en las sublimaciones religiosas, en un lenguaje astillado, cargado de expresiones, luego irá focalizándose, primordialmente, sobre el castrismo. El régimen castrista se convertirá en el fundamento del mundo alucinado y en el objeto central, obsesivo, casi delirante, de la crítica de Arenas.
Igual: es imposible pensar qué habría sido de la obra de Arenas sin la experiencia castrista. No tiene sentido pensar qué habría sido de la obra de Arenas sin la experiencia castrista.
Recapturado en 1974, el escritor permanecerá dos años encerrado en la prisión del Morro de La Habana, hasta que se lo libera a comiezos del 76. Entonces, por tercera vez, reescribe Otra vez el mar. El libro cuenta dos veces la misma historia. Una pareja vuelve de pasar unos días en la playa. La primera vez es ella la que lleva la voz del relato, la segunda es él; la primera vez es prosa continua, la segunda son seis cantos en verso. La presencia asfixiante del regimen cubano y de su fracaso, y de su aparato publicitario, y el imperio paralizante de la homosexualidad no asumida del protagonista, hacen de este libro el más oscuro y desesperanzador de todos los que escribió Arenas. Su prosa, lineal, descriptiva, sin los “expresionismos” ni las “alucinaciones” de los libros anteriores, sometida a una suerte de represión estilística, está cargada con una energía negativa demoledora.
Otra vez el mar es uno de los mejores libros de Arenas. Es un libro lleno de furia. La segunda parte es uno de los momentos más altos de su toda producción. “Causas del suicidio: desconocidas”, se titula uno de los fragmento del Canto Cuarto: “Oh Whitman, Oh Whitman / cómo me provocas / Yo opongo a tu poesía una muela cariada / Yo opongo a tu poesía los ojos de un recién nacido contemplándome / Yo opongo a tu poesía la profundidad de este poema infernal que es la vida”. Unos turistas franceses, amigos de los Camacho, sacan el manuscrito de Cuba.
En 1976 había muerto Lezama Lima. En 1979 muere Virgilio Piñera. En abril de 1980, para pedir asilo político, un chofer de micro incrusta su vehículo en la embajada de Perú en La Habana. Los pasajeros se suman al pedido. Castro reclama primero a los ciudadanos cubanos, pero luego retira la escolta con que ha rodeado la embajada. En cuestión de horas, el edificio se llena de refugiados: once mil, dice Arenas. Castro abre un registro para que se anoten quienes quieran dejar la isla. Cuatro grupos tendrán prioridad: los locos, los asesinos y delincuentes, los homosexuales y las prostitutas, y los agentes de seguridad del estado, que serán infiltrados en Estados Unidos. Salen en barco desde el puerto de El Mariel. Ciento treinta y cino mil, dice Arenas. El es uno de esos “marielitos”.
Permanece unos meses en Florida, dando clases en la Universidad Internacional. Pero el lugar no le gusta: “acá el sentido práctico y la avidez por el dinero han sustituido a la vida y, sobre todo, al placer, a la aventura, a la irreverencia”, escribe. Se instala en Nueva York. Tampoco le gusta. “Mi nuevo mundo no estaba dominado por el poder político, sino por ese otro poder también siniestro: el poder del dinero”.
En Estados Unidos su producción abandonará el cariz latinoamericanista. La urgencia desesperada de su escritura se traducirá en un estilo desprendido de los elementos barrocos. Hay una linealidad más limpia en el relato, algo que ya se insinuaba no sólo en Otra vez el mar sino también en una espléndida nouvelle escrita en 1971: Arturo, la estrella más brillante.
Sus textos norteamericanos también son más cortos. Y la frase deja de ser objeto de un particular cuidado expresivo.
Viaje a La Habana, novela en tres viajes, reúne tres relatos, uno de ellos, desopilante, referido a la detención y el suicidio en la cárcel de un “marielito” acusado de haber intentado acuchillar La Gioconda de Leonardo en el Museo Metropolitano de NY.
Es en esa ciudad donde también transcurre El portero, la historia de un exiliado cubano que trabaja en la puerta de un rascacielos de Manhattan. Seducido, subestimado y maltratado por los decadentes habitantes del inmueble (un seductor impotente, una propagandista de... Castro, una pareja de homosexuales idénticos, un viejo golosinero), donde “ocupa el lugar del más bajo entre los lacayos”, el portero sólo logrará relacionarse con las mascotas y demás animales del edificio, para finalmente huir con ellos en busca de una misteriosa “puerta”.
En 1983, Arenas hace su primer viaje a Europa. En 1987 le diagnostican el Sida. Cuenta en Antes que anochezca que entonces se paró frente a una fotografía de Virgilio Piñera y le pidió al espíritu del escritor fallecido que le concediera tres años más de vida, para poder escribir “su venganza definitiva contra el género humano”. Empieza a redactar El color del verano, su última novela, y una de las mejores. En ella está todo Arenas. El del principio, el del final.
Subtitulada Nuevo Jardín de las Delicias, la novela, terminada en el 90, se proyecta al año 1999, cuando en Cuba se festejan los cincuenta años en el poder de Fifo, dictador enloquecido y homosexual. Mezclando ficción con elementos autobiográficos, la novela es un retrato grotesco y satírico que recorre el desfile y las fiestas realizadas en honor al tirano envejecido. Como en varios de sus libros, personajes de la vida real aparecen brutalmente retratados, apenas disimulados por unos nombres ficticios.
El color del verano fue considerado por Arenas como el cuarto volumen de una “pentagonía” cuya constitución concibió en esos meses finales (Celestino...., El palacio... y Otra vez el mar serían las tres primeras, mientras que El Asalto, “suerte de árida fabula sobre la casi absoluta dehumanización del hombre bajo un sistema implacable”, comenzada en La Habana a mediados de los ’70, y revisada a último momento, será la concluyente). “Escribir esta pentagonía me ha tomado realmente muchos años, pero también le ha dado un sentido fundamental a mi vida que ya termina”, escribió Arenas.
Ya sin fuerzas para tipear, terminó su autobiografía grabando los capítulos, que un ayudante luego pasaba en limpio. Ese carácter oral da al libro, por otra parte ineresantísimo, una densidad literaria menor que la del resto de sus trabajos. Dejó inéditas obras de teatro y una trilogía poética, Leprosario. A algunos de sus amigos les dejó una carta de despedida. “Sólo hay un responsable”, dice, “ y es Fidel Castro”. De su suicidio se cumplen dentro de poco 20 años.
Sin embargo, tanto como entonces, uno se asoma hoy a la obra de Arenas para volver a caer en esa pregunta inicial que se hizo cuando descubrió la intensidad insospechada de sus libros. ¿Cuál es el origen de tanta furia?
Y tal vez entonces, por primera vez, resuene la voz de ese título que antes pasó casi desapercibido: Voluntad de vivir manifestándose.