Reseña sobre los Cuentos Completos de Philip K. Dick (publicada en Ñ el 1 de noviembre de 2008)

Finalmente, Philip K. Dick fue reconocido como uno de los novelistas de ciencia ficción más sobresalientes del género, y cuando murió en 1982, a los 52 años, la filmación de Blade Runner, basada en su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, empezaba a proporcionarle una merecida fama mundial. Sin embargo, tres décadas antes Dick había empezado su vida como escritor con toda la voluntad puesta en convertirse en un novelista “serio”, en un autor de literatura sin más.
En la que algunos críticos considerarían más tarde como su “etapa política”, la inicial, que comprende su producción entre 1952 y 1960, Dick escribió doce de estas novelas “realistas”, ninguna de las cuales conseguiría ver publicadas hasta mucho más tarde. Su primera mujer encontró un día en el buzón de la casa donde vivían, en un barrio pobre de Berkeley, California, dicisiete notas de rechazo de las editoriales a las que Dick mandaba sus novelas. Para ella, el fracaso era el estigma del genio, y pegaba las cartas de rechazo contra la pared; para Dick, que recitaba de memoria largos fragmentos del Finnegans Wake y comía carne de caballo que compraba en una veterinaria, porque vivían en la miseria, su fracaso editorial significaba que no era un verdadero escritor.
Durante ese período de verdadera formación como artista, y después de haber dejado su trabajo de vendedor en una disquería, Dick solventó su carrera de escritor “serio” publicando unos cuentos de ciencia ficción en revistas que se avergonzaba de que le vieran encima. Como el comic, la ciencia ficción era considerada una lectura para personas “levemente subnormales”. Setenta y tres de estos cuentos publicó Dick entre 1951 y 1955, ahora reeditados en castellano en tres tomos, como Cuentos Completos, con unos estupendos prefacios, prólogos, introducciones y notas del mismo Dick y de Steven Godersky, Roger Zelazny, Norman Spinard y John Brunner.
Ahí dice Dick: “El verdadero protagonista de un relato es una idea y no una persona. Los que escribimos y leemos ciencia ficción lo hacemos porque nos gusta experimentar esa reacción de ideas en cadena que produce en nuestras mentes algo que leemos y que nos genera un nuevo pensamiento. Es el placer de descubrir la novedad”.
Varias de las características más sobresalientes de su literatura posterior están bien presentes en estos relatos: una asombrosa invención tecnológica, pero con un carácter casi de fantasía; el “diccionario” de neologismos con que nombra estas invenciones; la imaginación especulativa, de raíz científica, focalizada en temas como el tiempo, el espacio, la materia; la arquitectura interplanetaria que sirve de escenario a muchos relatos; y la exploración de los distintos puntos de vista en la constitución de la realidad percibida. La pregunta por cuál es la realidad de la realidad, esencial en la obra de Dick, recorre todos y cada uno de estos cuentos.
Otras cuestiones con peso en los relatos breves, en cambio, luego se irán redefiniendo. Es muy fuerte la presencia de situaciones narrativas vinculadas con un escenario de guerra fría bien explícita, y de maccarthismo (inteligencia interna, enfrentamientos bélicos), lo mismo que una especulación muy marcada por las condiciones de vida derivadas de una devastación nuclear. Sus biógrafos aseguran que Dick no sentía ninguna simpatía por el comunismo y que incluso pasaba por ser un “reaccionario irrecuperable”; sin embargo, sus orígenes como escritor coincidieron con el ascenso político de Richard Nixon, conocido ya entonces con el apodo de “Dick el tramposo”. Y Nixon fue siempre una obsesión repulsiva para Dick.
En cambio, está insinuada pero no se encuentra en su plenitud la noción de idios cosmos, emparentada con la segmentación de los puntos de vista, que más adelante Dick utilizará para que sus personajes exploren la visión del universo de otros, sin abandonar la suya propia, (dando origen a varias de sus novelas más asombrosas, como Ubik). ¿Quién piensa, quién habla en nombre de uno?
De lo que más tarde definiría lo que se considera como la última etapa de Dick, la “mesiánica” (1970-1982), que puede caracterizarse por la influencia de las filosofías orientales, el LSD, las anfetaminas y su inestabilidad emocional (dos intentos de suicidio, una internación psiquiátrica, la creencia de ser depositario de verdades divinas), hay muy pocos anticipos en los cuentos recopilados.
Como uno de los principales logros de estos relatos se destaca la capacidad de Dick para crear personajes creibles y compasivos. Gente común y corriente viviendo su vida cotidiana en alguna colonia lunar. Hay un resto muy adelgazado de space opera y cierto humor negro. Abundan los diálogos, y de la prosa se extraña esa densidad y desprolijidad y potencia casi balzaciana que alcanzará años más tarde.
Dick escribía, dicen, compulsivamente, “por ráfagas”, hasta noventa páginas diarias, con los auriculares cargados de música clásica y consumiendo sin parar anfetaminas y café. Cuando terminaba el libro, exhausto e inútil para cualquier cosa, caía en una convalecencia en la que podía permanecer diez o quince días.
Dejó de escribir cuentos cuando publicó Lotería solar, su primera novela de ciencia ficción. “Me hacen falta unas 60.000 palabras para plasmar mi idea original en su absoluta totalidad Si creyera que el primer boceto que hago contiene todo el concepto de aquello que tengo en la cabeza, sería un poeta, no un novelista”, le confesaría a una agente literaria. 60.000 palabras equivalen a unas 200 páginas. A Lotería Solar seguiría otro medio centenar de novelas, la mayoría de ellas memorables: La transmigración de Thimoty Archer, Fluyan mis lágrimas dijo el policía, El hombre en el castillo, Valis, Los clanes de la luna alfana, Gestarescala, La penúltima verdad, Tiempo de Marte...
Una crítica francesa dijo que la historias de Dick hacen girar en la mente de sus lectores “la horrible espiral de la ausencia definitiva de toda verdad”. Su literatura, dicen, bien puede pensarse como el otro yo de la filosofía. Dick aseguró que escribía siempre en contra de “las fuerzas de la disolución”.