Reseña sobre La revolución electrónica, de William Burroughs (publicada en Clarín el 24 de octubre de 2009)

“La ilusión es un arma”, se lee al comienzo de uno de los breves ensayos de agitación que integran La revolución electrónica, el libro más teórico e incendiario de William Burroughs, escritor mitológico que fue, junto con Jack Kerouac y Allen Ginsberg, figura emblemáticas de la literatura beatnik. El gran acontecimiento es que este libro, un verdadero objeto “de culto”, escrito a comienzos de los ´70, finalmente acaba de ser publicado en castellano, por la editorial argentina Caja Negra.
En La revolución electrónica Burroughs desarrolla el concepto de cut-up, sobre el que había empezado a trabajar con su amigo, el plástico Brion Gysin. El cut-up es una suerte de escritura-montaje, que consiste en cortar textos en pedazos y luego recombinarlos de manera aleatoria, generando nuevos sentidos. Es un procedimiento que Burroughs utilizará constantemente en sus novelas más renombradas, como El almuerzo desnudo o Nova Express.
“Burroughs es la potencia y la dispersión del lenguaje”, puntualiza el novelista Oliverio Coelho. “Atenaza al mundo y lo despedaza como a una presa. La revolución electrónica es la expresión excepcional de esa potencia: un manifiesto en torno al virus conceptual, o un antídoto que pulveriza el sentido común que siempre acecha al arte.”
Inoculado en el lenguaje escrito desde del espacio exterior, el virus, para Burroughs, había alcanzado una suerte de simbiosis estable con la palabra, pero una activación mutante generada por la radioactividad ha vuelto a activarlo. Ahora se propaga como forma de control del pensamiento crítico y producción de psicosis a través de los sistemas de los medios masivos de comunicación.
La propuesta de La revolución electrónica, un panfleto exaltado con tintes de delirio y cruces con la Biblia, consiste liberar al lenguaje de la codificación del virus, y para eso arenga a los lectores a salir a las calles a grabar conversaciones (sobre todo, de política y de sexo), para aplicarles a esas grabaciones técnicas de cut-up y reproducirlas en contra del sistema. Con la reproducción, la palabra se libera y accede a la realidad, “mezclando y anulando las líneas asociativas establecidas por los medios”.
El cóctel está servido. Son los años de Watergate: Burroughs está obsesionado con Nixon, como lo estaba ese otro genio de la ciencia ficción que fue Philip K. Dick. Es Vietnam. Es la cibernética, esa mezcla de biolgía y robótica. Es la paranoia y es el delirio. Es la Guerra Fría, verdadera matriz del pensamiento norteamericano.
La revolución electrónica fue leído y circulado con especial devoción por los músicos, que vieron en los conceptos insurgentes de Burroughs y en su técnica del cut-up elementos compositivos que los ayudaron a hacer frente a la cultura pop. Desde los punks hasta los noise, pasando por figuras como los Sex Pistols, Frank Zappa, David Bowie, Patti Smith, Lou Reed o Tom Waits (con quien Burroughs escribió una ópera), abrevaron en su obra y fueron sus amigos.
En 1975, Tamara Kamenszain lo entrevistó en Nueva York. “Me daba un poquito de miedo, por su historia de reviente y porque pensaba que tal vez era un poco técnico y frío. Después de un montón de disquisiciones sobre las técnicas experimentales, terminó diciéndome que lo que él escribía era la vieja forma de la novela. Ahora releo sus ensayos y vuelvo a tener la sensación que tuve al salir del reportaje: Burroughs fue sin dudas el teórico de los beatniks, el más sensato y centrado de todos. El maestro”, dice Kamenszain. Su reportaje está incluido en el libro.
Nacido en Saint Louis en 1914, Burroughs vivió en Nueva York, en México, en Tánger, en París, en Londres durante 25 años y desde 1974 otra vez en Estados Unidos. Jean Genet y Joseph Conrad fueron sus escritores favoritos. Allen Ginsberg fue el hombre de su vida. Ginsberg murió en abril de 1997. Cuatro meses más tarde falleció Burroughs. La última anotación de su diario es la más citada del mundo: “AMOR”, dice. Así, con mayúsculas.