Reseña sobre El Baphomet, de Pierre Klossowski (publicada en perfil el 28 de diciembre de 2008)

Soplos de brisa húmeda y remolinos de vapor protagonizan esta novela fascinante de Pierre Klossowski, publicada originalmente en 1965 y ahora reeditada en castellano. La acción transcurre en dos momentos: en 1307, cuando la Orden de los Templarios es violentamente disuelta por una alianza entre Felipe IV, rey de Francia, y el papa Clemente V, y “varios siglos más tarde”, cuando los “soplos”, que son las últimas emanaciones de los cuerpos de los integrantes de la Orden, participan de una suerte de ceremonia en la que se manifiesta El Baphomet, ídolo de los templarios, suerte de anticristo que “devora sus propios términos”, instaurando “la imposibilidad de lo mismo”.
El primer momento constituye el prólogo: la escritura adopta un tono entre historicista y enumerativo en la articulación de la narración. Sin embargo, a pesar del carácter relativamente descriptivo de los hechos históricos, el centro de gravedad del relato está continuamente desplazándose. Nunca se tiene la certeza de dónde está el foco, de qué es lo que quiere narrar Klossowski, de hacia dónde lleva la ficción. Como si continuamente estuviese modificando su estatus interno, la lógica discursiva y la narración se separan.
En el segundo momento, el de los “soplos”, la apuesta se redobla. La narración se diluye, la argumentación del relato adopta por momentos la forma de un cuento filosófico, o teológico. O de una novela gótica: pasadizos, catacumbas, aire enclaustrado. Cierto clima erótico, de ceremonia y de voluntad herética lo conectan con Sade. Pero en El Baphomet todo es inconstante y asistemático, casi azaroso, como improvisado sobre la marcha. Asi como en el mundo de los soplos no existen leyes ni lógicas que rijan más que durante un instante (el instante en que la frase es leída), también la novela pierde unos tras otros sus parámetros de verosimilitud. Lo que se había derrumbado reaparece intacto; “a pesar del grosor de los muros, todo era perfectamente transparente”.
¿Qué hacer entonces con un texto como el Baphomet, que no hace más que vaciarse de sustancia? ¿Sustancia? ¿Hay que retraducir el libro en términos religiosos? ¿Contarlo de otra manera, con otras oraciones? ¿Hay que explicarlo por la invocación de sus lazos con el surrealismo, con el psicoanálisis, con el pensamiento de Nietzsche o del ya mencionado Sade? ¿Hay que leer en él su contexto? Claro que es posible: rastros de todo esto están inscriptos en el texto. Cuando uno de los más importantes hermanos de la Orden, devenido, varios siglos más tarde, en soplo, muta en oso hormiguero sin dejar de ser soplo, y escupe un crucifijo, y habla con voz infantil: ¿hay que rastrear en eso un simbolismo implícito y reconstruir la anécdota? ¿Cómo recuperar un relato que se niega a dejarse asir?
“No soy ni un escritor, ni un pensador, ni un filósofo”, dijo alguna vez Klossowski, según se cita en el concentrado prefacio de Luciana Tixi, responsable, con Julián Fava, de esta traducción de El Baphomet. Autor de media docena de novelas (dos clásicos del erotismo entre ellas: Roberte esta noche y La revocación del edicto de Nantes), reconocido ensayista, Klossowski, que fue hermano del consagradísimo y también inquietante pintor que se hacía llamar Balthus, murió en el 2005, después de haber dedicado sus últimos treinta años casi exclusivamente a la plástica.
El Baphomet fue la última novela que publicó. Y aún hoy sigue provocando perplejidad. A lo mejor el desconcierto mayor que provoca el libro está en la sospecha, en el temor casi, que se tiene, de que lo que se está leyendo no será recuperado en ninguna instancia. Lo que se leyó, se pierde con cada mutación del relato. Cada vez que se actualiza, la narración parece deshacerse de lo narrado. El relato se desvía, la lectura se convierte en una actividad de dispersión.
Y sin embargo, el relato “fantástico”, el de los soplos, finalmente reactúa retoma, a su manera, la situación conflictiva presentada en el prólogo “historicista”. Es más: el texto no ha estado haciendo otra cosa más que retomar. Se ha dicho: es el eterno retorno. Lo que regresa, siendo lo mismo, es siempre distinto. “Siendo lo mismo, siempre es distinto”: esta bien podría ser una fórmula de, si se quiere, interpretación, aplicable a la lectura de El Baphomet. Nada puede recuperarse. Nada puede normalizarse. No existen los equivalentes satisfechos.
La recuperación del relato histórico por el relato fantástico se da también bajo la forma de esa organización casi, casi azarosa, que rige el desarrollo de todo lo que se cuenta, pero en este caso, en el tendido de los hilos que ligan unos elementos con otros, tan tenues que parece no haber vinculación alguna entre los elementos, tan imprevisibles, tan sorprendentes, se descubre la enorme maestría narrativa de Klossowski. Finalmente la narración, más que desconcertante, es asombrosa.