Reseña sobre Confesiones de una Gioconda & otros poemas, de Anne Talvaz (publicada en Perfil el 1 de junio de 2008)

La Gioconda no es sólo la figura de un cuadro; según la poeta belga Anne Talvaz (1963), es una “imbécil cuya mayor gloria/ es haber sido o ser, quién sabe por cuánto tiempo más,/ montada por un ejecutivo”. También es una mujer que se avergüenza de hablar con otras de cuestiones domésticas. “Por definición/ cuando alguien habla como yo ahora, es una “mal cogida”. “Cosas que no hay que decir”, se titula uno de los mejores poemas de Talvaz. Pero ella las dice.
Textos de dos libros y aún mejores inéditos componen la muy recomendable selección de su poesía que acaba de editarse localmente. Primero están los poemas de “Imagines”, de 2002. Son diez, todos con el mismo título: End of the world. En cada uno Talvaz cambia el perfil con que se acerca al asunto. Escribe sobre el Titanic, sobre un embotellamiento, sobre una ceremonia religiosa. Son poemas teñidos de una cierta perplejidad fatalista. La figura de un campo de concentración abre (y cerrará, actualizada) el libro.
En “Panaches de mer, lythophytes et coquilles”, de 2006, describe unas conchas de mar y ensaya un comienzo de ajuste de cuentas con la figura de María, hundida en el odio de su noche interior, tonta, triste, tenebrosa.
“Confesiones de una Gioconda” es lo último. Es el mundo de las corporaciones transnacionales, de internet, de la vida familiar. Uno de los poemas cuenta la búsqueda en la web de instrucciones para suicidarse, en otro se irrita con Lady Di por su talento para producir infelicidad, en otro un analista libera a la muerte de la culpa que siente por el miedo que provoca en las personas. Del “Señor, soy una mierda” pasa en una via mystica a “Señor, eres una mierda”.
Mirta Rosenberg señala en el prólogo que Talvaz fusiona la descripción del mundo con la veta confesional y conmueve no sólo por lo que comunica, sino porque sabe ser en las palabras.