Reseña sobre Camino de vacas, de José Villa (publicada en Diario de poesía, N 77, diciembre 2008)

“Terrible levedad” es el título de uno de los poemas largos que hay en “Camino de Vacas”, el volumen con textos de José Villa que editó hace unos meses Gog y Magog y que incluye dieciseis libros y poemas escritos entre 1989 y 2005, algunos inéditos y otros, como “Cornucopia”, que ya fueron objeto de varias ediciones artesanales.
Es un título temerario, “Terrible levedad” : lo integran dos términos tal vez demasiado abstractos, o con una importante contaminación lírica, o prosaicos, en el sentido de antiguos, de usados. No parecen combinarse con demasiada precisión. Una gravedad puede ser terrible, pero ¿una levedad? Si es leve difícilmente sea terrible. Lo que comparten lo leve y lo terrible es mucho menos que lo que no comparten. Fugan hacia perspectivas de sentido muy diferentes. En términos poundianos, podría pensarse que una levedad terrible es una imagen demasiado nebulosa.
Y sin embargo, en esta decisión de acercar dos términos que casi se repelen, de hacer que se reflejen mutuamente comienza a propagarse una de las principales propuestas de la poética de Villa.
Acá, la combinación de términos no encierra y define con precisión lo que se lee: las palabras no suman sus sentidos en la combinación, sino que los restan, reduciéndolos a un mínimo común denominador (difícil de aprehender, además, en la medida en que la sucesión de palabras vuelve a miniaturizarlo cada vez).
Villa no acumula para construir sentido o potencia de sentido como gesto de verdad (o gesto de potencia como equivalente de verdad de la imagen). No es el poema que se impone, que se reconoce de inmediato en una suerte de clacisismo o en tensión hacia cierto clacisismo (como modelo previo de lo que “debe ser” lo poético). En sus mejores textos, hace el camino inverso: trabaja en contra del gesto de consolidación de sentido como forma de acceder a cierta cosa real. ¿Real? ¿O a qué se accede por consolidación? ¿A lo real, o a su inverso?
Villa tiene algo pongeano de trabajar para el aseo intelectual. Si la poesía es una imagen focalizada, la de Villa, como la de Ponge, es una suerte de pre-poesía, o de pos-poesía. No es el acto ni es su verdad, tampoco es su nostalgia, sino el paso de los tres. Villa no precisa: se corre. No mata a las palabras con el peso del sentido: las desplaza del lugar sintáctico de la precisión y las deja resonando, encendidas, sin que hayan terminado de ser absorbidas por la frase.
Es “El brillo de las piedras”, como se titula otro de sus poemas. Es fácil decir que es un texto sobre impresiones de viaje, porque lo es. Pero, al mismo tiempo, no lo es, porque el poema no tiene recorrido discursivo.
Las imágenes están tan apenas insinuadas que no logran constituirse en un paisaje distinguible, homogéneo como un todo que pudiera reconstituirse en el relato de un viaje. Son incrustaciones. Las leemos, reconocemos su brillo, su reverberación linguïstica, pero en su intermitencia no podemos retenerlas, unirlas. Son apenas unas impresiones retinianas. Retinianas, en el sentido de no ser mentales. El brillo de la imágenes de Villa separa los elementos, no los conjuga. Sólo vemos el estallido de su luz.
Otro texto del libro se titula “Mapa”. “Mapa”, en la medida en que cuenta un delizamiento de imágenes. No un deslizamiento de imágenes del tipo del que Arturo Carrera y los neobarrocos han hecho casi un método de escritura automática. El deslizamiento de Villa es un deslizamiento que se produce no por continuidad sino por discontinuidades, por interrupciones. Cada vez se detiene, cada vez vuelve a empezar.
Ahora: en la medida en que la experiencia del sujeto casi no se manifiesta, sino como impresionable retiniano, los poemas corre el riesgo de tematizar una y otra vez su propio mecanismo. Aunque a diferencia de Ashbery (que tanto nos deja hundidos, y no perdidos, en su incapacidad para sintonizar algo de lo que quiere expresar combinando elementos inconexos) Villa nunca parece estar diciendo otra cosa que la que dice, el lugar de la experiencia del sujeto (lo que el sujeto hace con lo que le acontece) es tal vez el punto más inquietante de su trabajo.
Acostumbrados a leer a los poetas del “yo” que a través de su origen urbano, su sexualidad, su identidad política, la calidad de sus estudios o lo que sea, nos brindan su visión del mundo en el que vivimos, la presencia de la poesía de Villa desconcierta un poco. Acá ese “yo” fuerte, estigmatizador, no está. Casi, casi, como si se atreviera a decir: “ahí no hay ningún valor de verdad”. En todo caso, ¿cuál es el centro de gravedad del sujeto que construye el discurso poético de Villa?
“Terrible Levedad” (“fuerza de lo provisorio, poema del casamiento de los amigos Guillermo Neo y Luciana Mangone”, como se señala en las notas), comienza como una narración, la de un adormecimiento, en una lancha que lleva al poeta y a una muchacha rubia hacia la fiesta de bodas, en el Tigre. El poema tiene una impronta de libreta de apuntes, de notas fugaces, y lo que lo articula en su cuestión más estructural es el ritmo de las enumeraciones (“Es un campo”, otro poema del libro, se inicia con dos estrófas antológicas de simple enumeración de palabras haciendo paisaje).
“Terrible Levedad” es un poema que convoca la sombra de Juan L Ortiz, no sólo por los poemas largos, sino por sus composiciones finales. De Juan L, Villa toma no el ritmo confirmativo de acumulación y consolidación que toman Juan José Saer, por ejemplo, o Daniel Helder, sino su ritmo disipativo: no cerrar el poema sobre una idea para que el mundo coincida con lo que el sujeto piensa, sino abrirlo a la intermitencia de las percepciones sin clasificar. El poeta no es alguien que con su percepción conforma la realidad, sino que el sentido de la realidad está en los destellos de ese tiempo en desvanecimiento.
En Villa no hay otro modelo ni maestro que el transcurrir. No es Pound. Es, en todo caso, una idea de aprendizaje de raíz casi oriental. Es cierto que oriente estuvo antes en Pound que en Juan L, pero mientras Pound parece occidentalizar oriente, Juan L da la impresión de orientalizar occidente. Mientras que el gesto de Pound es integrador, el de Juan L es desintegrador.
Fragmentos de poema que flotan y se alejan, desprendidos, distanciándose del centro y no dándole vueltas alrededor. Textualidades inestables alentadas por una puntuación confusa e incompleta. Pequeñas escenas que casi son relatos pero que terminan transformándose en imágenes y, a la inversa, imágenes con varios puntos de desequilibrio que finalmente, gracias a un verbo, se tensionan formalmente hacia una anécdota. Incluso: imágenes percudidas por otras imágenes, que impiden que las primeras se cierren. Se subordinan y pierden, o se suceden y no cierran, o son equivalentes y no confluyen.
Leamos entonces el título de una manera menos dramática: ¿qué hay de terrible en lo leve? Lo leve no es lo que sucede en una boda, las conversaciones interrumpidas, las nimiedades del costumbrismo; lo leve es la percepción, no anclada a ninguna experiencia fuerte ni a un sistema de interpretación que la devuelva reconstituida en un todo homogéneo. No es un sujeto que viaja, es el tiempo que viaja a través el sujeto. La escritura de Villa es el dibujo de un mapa del tiempo. Entonces: ¿qué hay de terrible en eso?