Reseña sobre Arlington Park, de Rachel Cusk (publicada en Perfil el 22 de junio de 2008)

Nadie que alguna vez haya leído a James Joyce olvidará jamás las dos últimas páginas de “Los muertos”. John Huston las compuso más que dignamente en su versión fílmica del cuento, en la que fue su última película. Ahora Rachel Cusk comienza “Arlington Park”, su sexta novela en 38 años de vida, retomando esa cadencia joyceana de la nieve que en la noche cae sobre esto, y cae sobre aquello, y cae sobre aquello otro, y cae de este modo, convocando ella una lluvia que en la noche cae sobre esto, y cae sobre aquello, y cae sobre aquello otro, y cae de este modo...
Después viene el día. Cusk describe una jornada de precipitaciones intermitentes en la vida de un grupo de mujeres; están entrando en los cuarenta, tienen hijos pequeños no cabalmente deseados, maridos desatentos, se miran en el espejo y sienten horror por sus cuerpos, sufren por el escaso control que tienen sobre sus vidas, adivinan que hay algo que nunca les sucederá, trabajan poco o nada, están obsesionadas con la limpieza, con la comida y la cocina, se sienten débiles, confundidas, se aburren.
Son vecinas en un alejado suburbio londinense llamado Arlington Park, que es “menos” que Londres pero “más” que Redbourne, un barrio vecino habitado por inmigrantes, al que desprecian por lo cerca que podrían estar de tener que vivir en él. Por momentos, algo se enciende en ellas: sienten que han sido asesinadas. Después, regresan a la oscuridad: “si pensabas en eso, te volvías loca”.
Muy actual, interesante, transparente; así es el planteo inicial de “Arlington Park”. En las primeras páginas de la novela queda perfectamente claro. Sin embargo, lo que bien podría haber sido un marco para que la novela desarrollara alguna propuesta que dialogara con esa situación base, se transforma en el todo. Lo que sigue de “Arlington Park” es una variación agotadora del comienzo, encarnado en las distintas escenas que retratan el día de lluvia de estas mujeres.
“Estas mujeres”: a algunas Cusk las introduce y les dedica un capítulo, y luego las abandona, y a otras directamente no las identifica, a pesar de que también les dedica un capítulo entero. Son muchas mujeres pero es una sola. Y podría ser cualquiera. No se trata solamente de una concepción sobre lo social: es también el principal problema de “Arlington Park”. A pesar de que sigue a varios personajes, la novela siempre está contando lo mismo.
Uno de los capítulos centrales es una larga descripción de la visita que un grupo de amigas con sus niños en los cochecitos hace a un shopping, donde, como en ningún otro lugar, pueden hacer valer su “derecho a ser mujeres y a tener dinero” y a “acceder a la idea de que en la vida todo es posible”. Al igual que otros de los últimos “mejores novelistas británicos” (según la revista Granta), Cusk construye el relato describiendo visualmente objetos y situaciones con una parsimonia casi escolar. No deja de ser llamativa como concepción de lo que debe (o puede) ser una narración. Como si escribir fuese componer con prolijidad una situación visual previamente imaginada, y el acto de la escritura quedara subordinado a esa construcción escénica. Hay algo de “restauración” en los escritores como Cusk. O es como si pensaran una novela en términos de guión para TV.
“Arlington Park” no es una novela incisiva. Es una novela superficial. Parece que formara parte del mismo mundo que describe: va y vuelve sobre lo mismo sin poder escapar de una especie de alienación. Las mujeres que describe Cusk no saben quiénes son, viven una existencia zombi encerradas en la trampa más clásica de la sociedad de consumo: desean aquello que las mata. Sufren, pero jamás van a desprenderse de su ambición de suburbio.
Casi sobre el final, la introducción del personaje de la madre de una de estas mujeres podría haber abierto otra perspectiva en el planteo de la novela. Lo mismo pasa con la traducción del planteo en términos de algo “británico”, que también se esboza ya concluyendo.
Sobre el final, otra vez un barniz joyceano. Una cena con sus conversaciones agrietadas por lo que no se dice, un personaje medio borracho que amenaza con enfrentar a cada uno con su verdad banales, alguien que recita unos versos que condensan y disparan el espíritu de esa noche. “Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo/ y el rocío moja la piel de mi cara/ y mi hijo yace aterido de frío...”, se lee en “Los muertos”. Y en “Arlington Park”: “y tal será el fin de Inglaterra / qudarán libros; permanecerá / en galerías; pero tan sólo nos quedarán / hormigón y neumáticos”
Al oído argentino, la traducción de este libro es calamitosa. Igual, vale mucho la palabra con que se cierra el texto: “insondable”.