Nota sobre Vasili Grossman (publicada en Perfil el 7 de septiembre de 2008)

A principios de los años 20, el periodista y novelista Ilya Ehrenburg escribió una frase temeraria que a su manera pendió durante setenta años sobre la vida de millones de soviéticos: dijo que los buenos comunistas no tenían biografía. Con esto quería decir que contar la vida de un buen comunista era como contar la historia de la revolución, en la que el sujeto se fundía por completo. Nada podía singularizarlo.
Ehrenburg escribió libros sobre muchas cosas y su novela El deshielo (1956) dio nombre al período cultural soviético más benigno. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue compañero en el frente de otro periodista y escritor, que ya tenía publicadas dos novelas, alabadas nada menos que por Mijail Bulgákov: Vasili Grossman
Después de la guerra, pero con las experiencias que había sacado de ella, Grossman trabajó durante diez años, casi los últimos de su vida, en un libro excepcional en cuyo título, seco y complejo, se condensa el comienzo de una respuesta a frases como la de Ehrenburg: esta novela se llama Vida y destino. Por Vida y destino la crítica ha comparado a Grossman no ya con Boris Pasternak, Varlam Shalámov o Alexander Solyenitsin, sino con el mismo León Tolstoi. El año pasado fue relanzada en España, donde se la distinguió como el mejor libro editado en 2007 (y donde suele figurar en la lista de libros más vendidos), con una traducción formidable de Marta Rebón. Ahora acaba de ser distribuida en Buenos Aires.
Un escritor en guerra. La comparación con Tolstoi no es gratuita. “Durante todo ese año, el único libro que leí fue Guerra y paz, dos veces”, recordaría más tarde Grossman. Hacía referencia a 1942. En junio de 1941, ante la incredulidad de Stalin, los alemanes habían invadido la Unión Soviética con un ímpetu que parecía imparable y que los había llevado hasta las puertas de Moscú. La capital fue evacuada. Grossman cubrió entonces, como periodista de Estrella Roja, el diario del ejército soviético, más leído que el Izvestia, los avances de los nazis por Ucrania (internacionalista como Lenin, a Grossman le incomodaba hablar de “alemanes”. Prefería decir “soldados de Hitler”.)
Sobre las vivencias del 41 se basó para escribir su primera novela bélica, El pueblo es inmortal, que extendió por toda la Unión Soviética la fama que ya tenía en los círculos intelectuales. En su libro sobre el trabajo de Grossman en el Ejército Rojo (Un escritor en guerra), el historiador inglés Antony Beevor señala que él era el único escritor al que los soldados del frente respetaban por su veracidad. Mientras hacía una entrevista, Grossman jamás tomaba notas, para no intimidar a su interlocutor. Después reconstruía las charlas meticulosamente. Tenía fascinación por la jerga militar, por los dichos, por las palabras extrañas y los fragmentos de conversaciones.
En agosto del ’42, con el avance de los alemanes sobre Stalingrado, fue destinado a esa ciudad. Escribió sobre los problemas del día a día de la vida de los soldados y registró varios apuntes sobre la burocracia militar soviética. Le importaba más la situación de los soldados y de los oficiales jóvenes que las internas de los mandos. Le interesaban los francotiradores y, después de acompañarlo en varias misiones, escribió un artículo histórico sobre Anatoli Chejov, el francotirador más famoso que tenía el ejército ruso. Además, logró incorporar a Estrella Roja a Andrei Platónov, reconocido por los narradores rusos actuales no sólo como el más genial de los escritores de la época soviética, sino del siglo XX, pero entonces absolutamente despreciado por el régimen y en la miseria.
A finales de noviembre, los rusos lanzan su contraofensiva y Grossman recibe la orden de abandonar Stalingrado, donde es reemplazado por Konstantin Simonov, quien tendrá la gloria de cubrir la victoria final de la batalla. Grossman vive la decisión como una traición. Simonov, ultrafamoso por haber escrito la letra de una canción de amor (Espérame) que los soldados habían convertido en “la canción de la guerra”, era considerado por Grossman como una persona “físicamente valiente, pero sin coraje moral para relacionarse con el poder soviético”.
En los meses siguientes, Grossman informará el descubrimiento de las matanzas de judíos en Ucrania (Babi Yar, Berdichev, Odesa), y será el primer periodista en alcanzar un campo de exterminio nazi: Treblinka. “El Ejército Rojo consiguió localizar a unos cuarenta sobrevivientes escondidos en los pinares cercanos. Grossman, a quien se permitió visitarlos, se apresuró a entrevistar a esos sobrevivientes y también a los campesinos polacos de la zona”, cuenta Beevor. El artículo que escribió, El infierno de Treblinka, fue utilizado más tarde por el Tribunal Internacional de Nuremberg. Aparece largamente citado en el libro de Beevor. Después Grossman entró con los rusos en Berlín.
Las historias entrecruzadas que cuenta Vida y destino se desarrollan básicamente a lo largo de los cinco meses de 1942 que van de lo más álgido del cerco alemán sobre Stalingrado a la furibunda contraofensiva soviética.
Personajes en acción. Los escenarios en que alterna la acción de la novela son varios: una central hidroeléctrica en Stalingrado, continuamente bombardeada por los alemanes; un laboratorio de investigaciones físicas en Kazán, al que ha sido trasladado un grupo de científicos de Moscú; las vivencias de un grupo de prisioneros de los nazis en el camino del exterminio que va del tren a la cámara de gas; un campo de concentración soviético del gulag; un puesto de avanzada soviético a pocos metros de las líneas alemanas, donde el orden y las jerarquías del mundo exterior han sido abolidos; la ciudad de Kuibishev, a la que se han transportado otros contingentes de moscovitas; el interior de la Lubianka, donde la KGB interroga a sus detenidos; un escuadrón de cazas de la fuerza aérea rusa; un grupo de tanquistas; los compañeros de algunos delegados políticos; la estepa calmuca; Moscú. A pesar de las más de mil cien páginas que tiene la novela, la lectura es compacta porque el núcleo de personajes principales, repartidos goegráfica y situacionalmente, es bastante cerrado: la familia Shaposhnikov (la madre mayor, sus tres hijas y su hijo, un nieto, un bisnieto) y sus relaciones afectivas, profesionales y de circunstancia.
El relato es muy limpio, no hay casi inteligencia explícita sobre la narración. Y cuando aparece es muy puntual y poco confusa. Muy soviética, a su manera: es pensamiento social. Los capítulos son cortos y las historias se van tramando en una suerte de ritmo narrativo macro muy bien marcado: la novela tiene media docena de núcleos de tensión argumental muy intensos, emotivos. Es un libro que no decae. Grossman posee una habilidad excepcional para definir los personajes y la acción: todas las situaciones en las que se los encuentra son significativas. Y siempre es gente retratada en su vida cotidiana más personal, más afectiva. En cada personaje, además, se condensa el drama de la sociedad soviética.
Esto es lo que cuenta Vida y destino: el enfrentamiento entre el discurso del Estado y el discurso de los individuos. No se funden, como quería Ehrenburg. El discurso del Estado destruye a los individuos. “Vive, vive, vive siempre...”, le escribe a uno de los personajes su madre, antes de quedar encerrada en un gueto. Mientras trabajaba en El pueblo es inmortal, Grossman creía que una victoria sobre los nazis impediría que se volvieran a producir purgas estalinistas como la de 1937 y lograría que los campos del gulag quedaran en la historia. De hecho, para muchos intelectuales soviéticos la guerra simbolizaba la posibilidad de un cambio: creían que el heroísmo y la comunión expresados en el conflicto reconectarían al poder soviético con los ideales revolucionarios.
Algunos señalan que esas ilusiones optimistas fueron alentadas por una campaña de rumores inspirada por las mismas autoridades. En cualquier caso, cuando Grossman empieza a escribir Vida y destino, a principios de los 50, ya tiene perfectamente en claro que de esa esperanza no queda nada. En contra de lo que se esperaba, la victoria puso fin a un cierto aflojamiento del control sobre la literatura. Eran tiempos de las grandes empresas materiales y educativas de reconstrucción, y también era el tiempo de la Guerra Fría.
En 1946, siguiendo las indicaciones de Stalin, Andrei Zhdanov inició un nuevo período de represión cultural. El realismo socialista se convirtió en la forma obligada de la literatura. Su objetivo: “retratar al hombre soviético y sus cualidades morales en plena fuerza y perfección”. Ana Ajmátova y Mijaíl Zóschenko fueron tomados como chivos expiatorios: se los expulsó de la unión de escritores y difamó públicamente. A Zóschenko no se le permitió volver a publicar en vida.
Integrante del Comité Antifacista Judío, Grossman participó en la elaboración del Libro negro, una iniciativa mundial de Albert Einstein a la que se sumaron una veintena de escritores soviéticos. Zhdanov se negó a publicar la investigación e hizo destruir los originales del volumen y disolver el Comité, asegurando que incurría en “graves errores políticos”. En plena campaña “anticosmopolita”, Stalin no podía tolerar las operaciones de lo que él consideraba una suerte de “brigada internacional de judíos”. Trece de los miembros del Comité fueron ejecutados.
En medio de la noche. En el ’52, Grossman publica una primera novela sobre Stalingrado: Por una causa justa. En su libro Escritores y problemas de la literatura soviética, Marc Slonim señala que la novela fue duramente criticada por el diario Pravda por ser “demasiado psicológica, imbuida de ideología hostil y de filosofía idealista”. Grossman fue acusado de haber pintado a sus héroes como naturalezas pasivas y contemplativas y no como luchadores dinámicos. A los jerarcas del soviet les ofendió especialmente que se escribiera sobre Stalingrado sin mencionar a Stalin, y que se subestimara el papel del Partido Comunista en la victoria, y Grossman fue obligado a escribir una carta de arrepentimiento.
Grossman, que en su juventud había soportado una investigación por su amistad con Victor Serge, escritor talentosísimo y suerte de mano derecha de Trotski, detestaba a Stalin. El llamado telefónico que hace Stalin a uno de los personajes de Vida y destino, en medio de la noche, es el momento más tenebroso de la novela (la escena parece tomada de la realidad: en una oportunidad Stalin llamó de improviso a Ehrenburg, y en otra a Pasternak, quien, se dice, con una osadía inconcebible, le habría preguntado por la vida de Osip Mandelstam. Llamativamente, Beevor asegura que Grossman nunca fue un proscripto, y que incluso en los momentos más difíciles contó con el apoyo de varios generales de Stalingrado.
Uno de los personajes de Vida y destino define así al realismo socialista: “Es un espejo al que el Partido o el gobierno pregunta: ‘Espejito, espejito: ¿cuál es el más bello de todos los reinos?’. Y el realismo socialista responde: ‘Tú, partido, gobierno, Estado, eres el más bello de todos los reinos’”. ¿Puede concebirse una burla más feroz del deseo de construir una verdad? Bueno, Grossman nunca volvió de esa definición. Fue el punto de partida de su trabajo, de su literatura.
Vida y destino fue terminada en 1960. Jruschov ya había defenestrado al fallecido Stalin en el XX Congreso del partido, 617 escritores habían sido “rehabilitados” (aunque sólo 305 volvieron de los campos), la literatura extranjera llegaba con fluidez a las librerías y, en palabras de Slonim, “la figura del ex internado en un campo de concentración o las escenas retrospectivas de arrestos injustos se convirtieron en parte y elemento de la narrativa soviética”. Son los años de No sólo de pan vive el hombre, de Vladimir Dúdinstev, y de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Alexander Solyenistin, dos novelas que sacudieron el mundo literario moscovita.
Grossman llevó el manuscrito de su novela a la revista Znamia. Esperó respuesta durante un año. Al cabo de ese año, su departamento y el de su mecanógrafa fueron saqueados: se llevaron hasta los carbónicos y las cintas de la máquina de escribir. El jefe de la sección cultural del Partido, Mijail Suslov, había resuelto que Vida y destino no se publicaría “durante los próximos doscientos años”. Los libros anteriores de Grossman fueron sacados de circulación. Sus amigos empezaron a evitarlo, cayó en la pobreza. Murió en 1964, de un cáncer de estómago.
Dicen que fue el físico Andrei Sajarov el que microfilmó una copia del manuscrito, que había quedado olvidado en una bolsa en un placard en una dacha, y que el novelista satírico Vladimir Voinovich, antes de ser privado de la ciudadanía soviética, pasó esas microfilmaciones de contrabando a Suiza, donde Vida y destino fue publicada por primera vez en los años ochenta. Grossman dedicó la obra a la memoria de su madre, a la que se demoró en sacar de Ucrania, y fue asesinada por los nazis. El episodio abre la novela. El asesinato de un escritor, Máximo Gorki, a manos del Estado, la cierra.