Nota sobre Sade (publicada en Perfil el 27 de septiembre de 2009)

Fantaseaba con ser un volcán. Andaba vestido con levita gris y bastón, y llevaba encima un cuchillo de caza y un manguito blanco. Retratos suyos no quedan: a lo sumo, estas descripciones extraídas de archivos policiales, que dicen que era rubio, de ojos celestes, fornido. Donatien Alphonse François, marqués de Sade, nació en 1740, hijo de un noble libertino y poeta y de una madre que se retiró a vivir con las Carmelitas. Se educó bajo la tutela de un tío cura, amigo de Voltaire y también libertino, y con los jesuitas en el Liceo Louis Le Grand, en París.
Estuvo en el ejército, su padre lo nombró teniente coronel y le dio el control sobre cuatro provincias. Como ya se había hecho conocer por sus escándalos sexuales, sus deudas y su poca disciplina militar, lo casa con Renée de Montreuil, de familia muy adinerada. Cinco meses después, una vendedora lo denuncia por haber intentado penetrarla analmente, delito gravísimo en aquella época. Pasa dos semanas detenido. Construye un teatro en el castillo familiar de La Coste, donde representa sus primeras obras y tiene amoríos con varias actrices. Una mendiga lo acusa de haberla sometido a latigazos y cortes en todo el cuerpo. Su suegra lo denuncia; es encarcelado sin juicio. Ya liberado, su secretario le organiza una orgía que termina en otro escándalo. Ambos son condenados a muerte por decapitación, pero huyen antes, por lo cual la ceremonia se hace con muñecos. Es detenido con su cuñada, a quien en la fuga había hecho pasar por su esposa. Otra vez escapa y se refugia en La Coste. Su mujer, que le dará cinco hijos, se suma a las orgías. Viaja por Italia. A su regreso continúan los escándalos. En 1778 es condenado a diez años de cárcel, que pasará primero en Vincennes. Gracias al amor de su mujer, recibe buena comida y arma una biblioteca de más de 600 libros, con mucha filosofía: Diderot, D’Alembert, Voltaire, Rousseau, Buffon, Holbach, La Mettrie. Escribe: diecisiete obras de teatro, una veintena de cuentos, principios de novelas.
Siete de sus cuentos acaban de ser editados en traducciones locales por la editorial Dedalus, en un volumen titulado El cornudo de sí mismo y otros cuentos. La edición se suma al acontecimiento que significa la distribución en el país, después de muchos años de ausencia, de Juliette, traducida por Tusquets sobre la base de la edición francesa definitiva del libro.
En 37 días, en ambos lados de una banda de papel higiénico de 10 centímetros de ancho y 12 metros de largo, con una letra minúscula, ya en La Bastilla, a donde ha sido trasladado en 1784, escribe el borrador final de Los 120 días de Sodoma. Con la agitación revolucionaria de 1789, arenga al pueblo desde su ventana, por lo que es trasladado al manicomio para aristócratas de Charenton. Su mujer se demora en sacar sus pertenencias de La Bastilla, y cuando ésta cae, la celda de Sade es saqueada. Un año después es liberado del manicomio.
Virtud, abusos y placer. Su primer libro lo publica en 1791, a los 51 años: es Justine, o las desgracias de la virtud, una novela que parodia Pamela, de Richardson, y Fanny Hill, de John Cleland, dos textos que el Marqués había leído con admiración. Justine y su hermana Juliette son enviadas para su educación al Convento de Panthemont, de donde salen las mujeres más inmorales de Francia. Mientras Juliette se entrega de inmediato al placer y al aprendizaje de la depravación, Justine se mantiene inmune a las tentaciones, aferrada a sus preceptos morales. Cuando los padres de las chicas mueren, deben dejar el convento. Justine rechaza los argumentos de Juliette para que la acompañe, y cada cual sigue su camino.
Siendo tan confiada e inocente, Justine se convierte en víctima de toda clase de explotadores y delincuentes. Pasa de burdeles a monjes depravados, es violada y torturada de las formas más atroces, pero nunca deja de creer en la virtud, y jamás acepta el placer. Se la acusa de crímenes que no cometió y sin pruebas es condenada a morir decapitada. Sin embargo, camino al cadalso es salvada por una pareja. Son su hermana y el marido. Poco después, la alcanza un rayo que la mata.
A través del periplo de Justine, Sade refuta cada uno de los valores morales de la época, poniendo en escena, en términos de Annie Le Brun, “el intolerable engaño de las ideas sin cuerpo, de todos los sistemas que niegan la materialidad humana”.
Caída La Bastilla, Sade se ganó la confianza de los revolucionarios, a tal punto que lo nombraron juez. Como juez, ayudó a escapar a muchos ex nobles. Cuando el jacobino Marat fue asesinado, compuso un tributo a su memoria. Y propuso a la Convención Nacional la abolición del culto cristiano y su reemplazo por el culto a la razón, idea que le pareció demasiado extrema a Robespierre, que argumentó que el ateísmo era aristocrático.
Vuelto a encarcelar en 1793, se lo acusa de haber solicitado, años antes, su ingreso al servicio de Luis XVI. Termina en la cárcel de Picpus, donde todo el día frente a sus ojos trabaja la guillotina que han retirado de la Place de la Concorde, por el hedor a sangre que producía. Liberado, vende La Coste, pero su abogado lo estafa y no ve el dinero. Sexo y filosofía. En 1795 edita La filosofía en el tocador. Bien en la tradición libertina, toma la iniciación sexual de una joven como excusa para recorrer una larga serie de situaciones eróticas: la señora de Saint Ange, viuda de 26 años que en sus doce años de matrimonio durmió con 12 mil hombres, en complicidad con su hermano, libertino y bisexual, y junto a un libertino aún más inescrupuloso llamado Dolmancé, instruirán a Eugenia de Mistival, una chica de 15 años, educada en un convento y virgen, en el desenfreno del libertinaje. Al mismo tiempo que entrega su cuerpo al placer, Eugenia abre su mente a la filosofía.
Dolmancé expresa la que tal vez sea la mejor definición para comprender cómo funciona la ley del deseo en Sade. Dice: “No existe un solo hombre que no quiera ser un déspota cuando se le para el pito”. ¿Autoritario? Para Sade, detrás de la impostura de la razón está siempre funcionando la ferocidad del deseo. En la base de la sexualidad masculina está la crueldad, que es simplemente la energía del hombre que todavía no ha sido corrompido por la civilización. Virtud, y no vicio, dice.
La novela tiene mucho de enumeración de sentencias bajo la forma de diálogo y se ve interrumpida por la inserción de un panfleto político de Dolmancé: ¡Franceses, haced un esfuerzo más si quereis ser republicanos!, que muchos han visto como un texto anarquista.
La saga picaresca de Sade se continúa en 1797 con la publicación de la Historia de Juliette, o las prosperidades del vicio, continuación de la reedición, corregida, de La nueva Justine. Como si Juliette quisiera reconquistar todo lo que Justine ha perdido, la novela narra las instrucciones y la práctica libertina que Juliette recibe desde que ingresa a Panthemont, donde es adoctrinada por la abadesa Delbene, de quien se convierte enseguida en la mejor alumna.
Cuando es expulsada del convento, continúa su educación en un burdel, donde conoce al Sr. Sant Fond, un ministro de gobierno, “el hombre más falso, traicionero, salvaje, de una soberbia infinita, dotado del arte de robar a Francia en su más alto grado”. En un instante de debilidad, Juliette parece arrepentirse de lo que hace, y Saint Fond la expulsa de su lado.
Pero la sed de saber de Juliette es insaciable. En el momento en que advierte que el pensamiento de sus maestros se bloquea, Juliette se desplaza vertiginosamente. “Juliette busca la forma más allá de las formas, impulsada por el deseo hacia una forma siempre futura. Es el cuerpo de la idea de libertad más hermosa que podemos hacernos”, sostiene Le Brun.
Se casa con un viejo millonario, con quien tiene una hija, y lo envenena. Después se suma a La Hermandad de los Amigos del Delito, que dirige Lady Clairwill. Las 45 cláusulas del reglamento de la hermandad constituyen un verdadero anticipo de lo que será el humor negro. Hay una suerte de in crescendo en los encuentros que tiene Juliette, hasta alcanzar al papa Pío VI, a quien pide una disertación filosófica sobre el asesinato. En el discurso del Papa se encuentra una de las mejores descripciones de lo que es la naturaleza para Sade: “Nada nace, nada perece esencialmente, todo no es más que acción y reacción de la materia; son las olas del mar que se elevan y se hunden en la masa de sus aguas; es un movimiento perpetuo que ha sido y que será siempre, y del cual nos volvemos actores principales sin sospecharlo en razón de nuestros vicios y virtudes. Es una variación infinita; miles y miles de porciones de diferentes materias que aparecen en toda clase de formas, que se aniquilan y vuelven a mostrarse en otras formas, para volver a perderse y reaparecer de nuevo”, dice el Papa. Esto es: ni Dios, ni sistema, ni límite.
Concluida la disertación, Juliette y Pio VI tienen sexo primero detrás del altar de la Basílica de San Pedro y después participan en una orgía, en la Capilla Sixtina, que ella aprovecha para robar una buena cantidad de dinero. Maurice Blanchot consideraba a Juliette como un verdadero absoluto, la obra más escandalosa que se hubiera escrito nunca.
El último presidio. El rollo de Los 120 días de Sodoma, que milagrosamente había sobrevivido a la toma de La Bastilla, es finalmente publicado en 1904. A pesar de ser la primera novela de Sade, para muchos es la culminación de su obra. En medio de la Selva Negra, entre montañas casi infranqueables, en el centro de un pequeño claro, está el castillo de Silling. Un banquero, un obispo, un cura y un juez, salvajemente descriptos por Sade (¡qué galería de personajes hay en las novelas de Sade!), se retiran a Silling junto con sus esposas, cuatro contadoras de historias, cuatro viejas horribles, encargadas de supervisar los harenes de ocho hombres y ocho mujeres que han sido secuestrados de sus casas, y ocho penetradores sodomitas, elegidos por el tamaño descomunal de sus penes. En el castillo, todo funciona simétricamente según un reglamento híper meticuloso, basado en la obsesión de Sade por los números. En vez de un relato, lo que sucede ahí es un funcionamiento maquínico, combinatorio. Sexo, en lugar de sentimientos.
Las contadoras de historias deben contarles, al grupo entero, historias de sus pasiones libertinas: 150 sencillas, 150 complejas, 150 criminales y 150 asesinas, a lo largo de cuatro meses. Después de que cada contadora cuenta una historia, se desatan las orgías en las que los cuatro señores someten a sus víctimas a aquellos instintos que les haya despertado el relato. Muy pocos sobrevivirán.
La forma enigmática que adopta la narración, su propósito, su escritura meticulosa, repetitiva, sus escenas de pura literalidad erótica, siguen despertando la misma incertidumbre que en el momento de su publicación. Los intentos por interpretar las 120 jornadas han resbalado, muchas veces, contra la materialidad casi impenetrable del texto. Todas las conductas se deslizan a lo largo de la pendiente del erotismo. El trabajo del deseo, parecería decir Sade, es un trabajo de la desideologización y singularización extremas. Nada se puede generalizar sobre él. A una sociedad que ha aprendido a vivir respetando lo general por sobre lo particular, cuando los deseos apuntan a lo contrario, Sade le muestra la preeminencia de lo concreto sobre lo abstracto, de la vida sobre la ley.
En 1801 Sade es denunciado por su propio editor, Nicolás Massé. Sus libros son destruidos y él, trasladado a Charenton, donde deberá pasar el resto de su vida. Ahí escribió los diez tomos de Los días de Florabelle, obra que fue confiscada por la policía y entregada al hijo de Sade, que la quemó. Napoleón se negó a liberarlo y le prohibió el acceso a lápices, plumas, tinta o papel. “Enormemente gordo”, murió en el manicomio en diciembre de 1814. En 1926 se publicó Diálogo de un sacerdote con un moribundo, escrito en 1782; y en 1961 el poema largo La verdad, escrito en 1787, que hace unos años tradujo Ricardo Zelarayán: “Librándonos sin cesar a los gustos más monstruosos / con la naturaleza en toda su gloria”.