Nota sobre Primo Levi (publicada en Perfil el 21 de febrero de 2010)

Primo Levi es uno de esos pocos escritores que uno casi parece haber leído aún sin haberlo hecho. O mejor, para ser más justos con la experiencia: Primo Levi es uno de esos escritores que hasta el momento de leerlos uno no imaginaba que ya los conocía. O no imaginaba hasta qué punto ya lo conocía. No es éste un comentario que pretenda minimizar su obra; todo lo contrario. Salvando las distancias, es como en los casos de Kafka, de Hemingway, o de Proust: escritores que uno pudo haber leído, muchas veces sin saberlo, en los textos de aquellos a quienes influenciaron.
Nacido en 1917 en Turín, en una familia judía liberal, Levi se doctoró en Química en la Universidad de su ciudad y en 1943 fue arrestado por las milicias fascistas, cuando intentaba pasarse a la resistencia. Tuvo la “suerte” de identificarse como judío, así los milicianos no lo fusilaron inmediatamente, que era lo que hacían con los partisanos, sino que lo entregaron al ejército de ocupación alemán. Los alemanes lo deportaron a Auschwitz (“el ano del mundo”), de donde fue derivado al campo de trabajo de Monowitz, a siete kilómetros. Ahí estuvo diez meses. Enfermo de escarlatina, fue transferido luego a la enfermería del lugar, de donde fue liberado por las tropas del Ejército Rojo.
Alrededor de las experiencias vividas en el campo de concentración, Levi escribió casi toda su obra. En 1947, publicó en una pequeña editorial su primer libro: Si esto es un hombre, una suerte de relato autobiográfico testimonial compuesto por una serie de historias breves y con un impulso ensayístico igualmente importante. De hecho, durante mucho tiempo, la crítica no lo consideró un verdadero narrador. Levi mismo recurriría a la figura del centauro para tratar de definir su situación como escritor extraño, híbrido, impuro, que no encajaba en ninguna categoría preestablecida. “Mitad químico mitad escritor, mitad testigo mitad narrador, mitad judío mitad italiano”, decía.
A pesar de la buena recepción crítica que tuvo, Si esto es un hombre vendió poco más de mil ejemplares y enseguida cayó en el olvido. “En aquel tiempo áspero de la post guerra, la gente no tenía muchos deseos de retornar con la memoria a los dolorosos recién terminados. El nazismo y el fascismo parecían haber retornado a la nada, desvanecidos como un sueño monstruoso, justa y merecidamente, como desaparecen los fantasmas al canto del gallo”, señaló Levi en la Entrevista a sí mismo que a partir de 1977 incluyó como apéndice al libro.
El autor volvió a lo que él mismo definiría como su “cansada vida de químico” en una fábrica de pinturas de Turín, adaptándose a la figura de un modesto y metódico escritor de fin de semana: siguió leyendo, siguió estudiando, siguió escribiendo.
El libro entró en una suerte de estado de “muerte aparente” hasta que once años más tarde, cuando el campo cultural y social empezaba a experimentar una serie de turbulentos movimientos de apertura, la editorial Einaudi aceptó volver a sacarlo. Esa reedición, y la aparición de La tregua (1963), donde relata su viaje de regreso del campo, le valieron a Levi un reconocimiento internacional inmediato. Ganó los premios Campinello (dos veces), Strega, Viareggio, y la mayoría de los galardones de mayor prestigio en las letras europeas.
Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados (1987), constituyen lo que ha dado en llamarse la trilogía memorial, de Levi, o su Trilogía de Auschwitz, y probablemente sean el núcleo más importante de su producción.
Es en estos libros, en todo caso, donde Levi tal vez mejor despliega los dos elementos que mejor lo caracterizan: por un lado una indagación, como se ha visto, pionera, de lo que había vivido en el campo de concentración. Una indagación que parte y se afianza en su experiencia personal, concreta y detallada, y que siempre es formulada en términos morales. Esta indagación “funda”, de alguna manera, una forma de abordar la cuestión de los campos de concentración sin cuya matriz sería muy difícil imaginar propuestas tan distintas que llegan hasta el día de hoy, como el Maus de Art Spiegelman, algunos trabajos de Pilar Calveiro sobre la violencia política en la Argentina, o una película como Vals con Bashir, sobre la guerra del Líbano.
El naturaleza y fiabilidad de la memoria de quienes han pasado por experiencias concentracionarias, esa zona gris que une y separa a los detenidos de los carceleros, la conciencia de haber sido envilecidos, la vergüenza de ser hombres si hombres también fueron los nazis, la violencia inútil y la creación de dolor (¿una lógica del mal o la ausencia de lógica?), los estereotipos (¿por qué no huyeron? ¿por qué no se rebelaron?): tales son algunos de los temas sobre los que Levi volverá una y otra vez. Porque los temas se retoman y continúan, como una herida sin fin, y sus libros se referencian y citan mutuamente.
El segundo de los elementos que Levi desarrolla en la trilogía de Auschwitz está íntimamente vinculado con el primero, y es la cuestión “estilística”. La obra de Levi está marcada por una voluntad decidida de evitar lo que él consideraba el esteticismo y la libido literaria. Se consideraba un enemigo de toda retórica, y “aunque fuese nada más que por eso, también un antifascista”.
A unas declaraciones de la directora de cine Liliana Cavani, quien había citado a Sade y a Dostoievski para asegurar que todos somos víctimas o asesinos, “y aceptamos esos papeles voluntariamente”, Levi respondió que él no entendía de inconcientes ni de profundidades.
“Sé que he sido una víctima inocente, y no un asesino; sé que ha habido asesinos, y no sólo en Alemania, y que todavía hay, retirados o en servicio, y que confundirlos con sus víctimas es una enfermedad moral, un remilgo estético o una siniestra señal de complicidad; y sobre todo es un servicio precioso que se rinde (deseado o no) a quienes niegan la verdad”, dijo.
De ahí se deriva una de sus propuestas más arriesgadas y admirables : “siempre es arduo interpretar las motivaciones profundas de un individuo Quizás lo sucedido no pueda comprenderse. Es más: quizás no deba comprenderse, porque comprender es casi justificar”.
Levi concebía sus libros como testimonios: “al escribirlos me he limitado rigurosamente a reportar los casos sobre los cuales tenía experiencia directa. Notarán que no he citado las cifras de las masacres de Auschwitz y tampoco he descripto los detalles de las cámaras de gas y de los crematorios. En efecto, no conocía esos datos cuando estaba en el campo. Los he adquirido después, cuando todo el mundo los ha adquirido”. Siempre se preocupó por utilizar un lenguaje sobrio: ni el “plañidero” de la víctima, ni el airado del vindicador. Creía que la palabra era más creíble cuanto menos apasionada; pensaba que la función del testimonio era preparar el terreno al juez. Y que los jueces eran los lectores.
A pesar de este carácter testimonial, Levi no dejaba de señalar que “los salvados” no habían podido sino hacer una narración “por cuenta de terceros”. Así, escribió en el prefacio a Los hundidos y los salvados: “La historia de los campos de concentración ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo. Quien lo ha hecho no ha vuelto, o su capacidad de observación estuvo paralizada por el sufrimiento y la incomprensión. La demolición terminada, la obra cumplida, no hay nadie que la haya contado, como no hay nadie que haya vuelto para contar su muerte”.
Levi publicó además, entre otros, otro libro de memorias, Momentos de indulto, una novela multipremiada: Si ahora no, ¿cuándo?, que narra la vida errante de un grupo de judíos de la resistencia, y cinco volúmenes de relatos. Como Cuentos Completos, la editorial española El Aleph acaba de reunir en un solo esos cinco volúmenes: Historias naturales (1966), Defecto de forma (1971), El sistema periódico (1971), Lilit y otros relatos (1975) y Ultima Navidad de guerra (póstumo, del 2000).
Varios de los primeros relatos Levi los publicó en diarios. Y, en general, casi todos tienen una suerte de naturaleza periodística. Tienen cierto tono de artículo de divulgación, centrados en algún caso temático “de actualidad” y desarrollados de forma tal de generar determinados espacios de reflexión. “Nada hay más vivificante que una hipótesis”, escribe Levi.
Los relatos de Historias naturales tienen además un formato que remite de manera bastante libre al mundo de la ciencia ficción. La relación entre biología y cibernética, el cambio de estatuto de lo que se entiende por natural, son las cuestiones más problematizadas. El marco contextual de la pos guerra aparece apenas esbozado, pero lo suficiente como para resultar imprescindible.
Defecto de forma ajusta un poco más el foco. La organización burocrática del sistema comunicacional de redes, por decirlo de alguna manera: los defectos de funcionamiento de la organización burocrática del sistema comunicacional de redes. Ese es el tema. Rabelais es la figura tutelar de estos cuentos, que en partes casi iguales contienen dosis de humor y de melancolía.
En El sistema periódico, el marco histórico del presente irrumpe de forma definitiva, y el Lilit la acción se traslada de lleno a los campos de concentración. Incluso aparece el mismo Levi narrando en primera persona. En términos argumentales, son poco menos que cuentos. Son en la mayoría de los casos planteos anecdóticos casi, historias pequeñas no cargadas de componentes ensayísticos. Como si se tratara de los “casos” puros, de la materia prima sobre la cual Levi trabajará (o trabajó) en sus libros más ambiciosos. Se trata, a fin de cuentas, de historias que le han contado al narrador en el campo de concentración, y que el narrador cuenta a su vez, para que continúen siendo retransmitidas. Varias de las incluidas en el libro han sido utilizadas también en los tomos de la trilogía memorial.
“Aquí no hay ficciones, transfiguraciones, musas ni saltos cualitativos. (El escritor) ha tomado la pluma solo porque le parecía que su historia era demasiado singular para no ser contada”, escribe Levi en un relato titulado Cansado de ficciones.
Sin dudas, Levi es un gran cuentista: es liviano, veloz, inteligente, entretenido. Sus relatos valen por sí mismos. Porque lamentablemente, no puede decirse que estos cuentos agreguen demasiado a la experiencia de lectura de la trilogía, ni tampoco que puedan funcionar como una suerte de introducción a la misma. Los cuentos no preparan para el impacto que supone entrar en contacto con los libros sobre Auschwitz.
“El ultraje es incurable, se arrastra con el tiempo”, escribió Levi en Los hundidos y los salvados. Para abrir ese libro recurrió unos versos de La balada del anciano marinero, de S.T.Coleridge, que dicen: Desde entonces, en hora incierta,/a veces con frecuencia y a veces no,/esa angustia me alcanza y me obliga/ a contar mi espantosa aventura. Pero Levi citó esos versos modificándolos. Puso: Desde entonces, en hora incierta/ la agonía regresa: / y mientras cuento mi espantosa aventura/ mi corazón vuelve a quemarse.
“Somos tan ciegos ante el futuro como nuestros padres. Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder: esto es la esencia de lo que tenemos que decir”, concluye el libro.
En circunstancias confusas, Levi murió unas semanas después.