Nota sobre la caminata como práctica estética (publicada en Perfil el 12 de julio de 2009)

En abril de 1921, en París, a las tres de la tarde y bajo una lluvia incesante, los “discípulos de Dada” se reúnen frente a Saint Julien le Pauvre. Es “una iglesia abandonada, poco y mal conocida, rodeada por un baldío”, según se la describe en un folleto de convocatoria a la visita. No hay fotos de las diversas actividades (ya programadas) que hacen en el lugar, pero sí una que muestra al grupo entero. En mayo de 1924, Aragon, Breton, Max Morise y Roger Vitrac salen de París en tren rumbo a Blois, una pequeña ciudad que han elegido al azar, y de ahí siguen a pie hasta Romorantin, conversando y deambulando durante varios días, al cabo de los cuales Breton comienza a redactar el Primer Manifiesto del Surrealismo.
A principios de los ‘50, los integrantes de la Internacional Letrista pasan noches enteras los bares, dejándose llevar por impulsos imprevistos, investigando los efectos psíquicos que les provoca el contexto urbano. En 1956, cuando el letrismo deviene situacionismo, Guy Debord publica su Teoría de la Deriva. La deriva, dice, es una operación construida que acepta el azar pero que no se basa en él, porque está sometida a ciertas reglas. “Existe un relieve psicogeográfico de la ciudad, con corrientes continuas, puntos fijos y vórtices que hacen difícil el acceso a ciertas zonas o la salida de las mismas”, escribe Debord.
El 67 es otro año de caminatas. El 20 de septiembre, Robert Smithson sale de su casa rumbo a Nueva York, se compra una novela de Brian Aldiss, Un mundo devastado, y se toma el colectivo. Al pasar por un puente, en Passaic, decide bajarse y andar. Fotografía y describe lo que ve: una gran tubería, una plataforma de bombeo, una grúa mecánica con una larga viga atada a ella, un cráter artificial, máquinas detenidas que como criaturas prehistóricas atrapadas en el barro, inmensos depósitos de autos usados.
Del otro lado del Atlántico, Richard Long realiza uno de los “episodios fundamentales” del “arte contemporáneo”: A line made by walking, una línea recta marcada en un terreno por el ir y venir a pie sobre el pasto.
Son todos momentos transicionales clave para el arte y la vida en las ciudades. Sobre ellos se basan las indagaciones estético-urbanísiticas que hace el arquitecto italiano Francesco Careri en su libro La caminata como práctica estética. En él señala que antes del siglo XX, la caminata, ligada a tradiciones religiosas o literarias, no podía considerarse como una práctica estética en sí misma.
Si bien la idea de movimiento, en general, fue uno de los principales motivos de investigación de las vanguardias, es recién con el dadaísmo cuando éste pasa del ambito de la representación al de la práctica real. La caminata, para los dadaístas es una forma de sustituir todo el sistema del arte. La ciudad que visitan los dadaístas es una ciudad banal que ya abandonó sus fantasías hipertecnológicas.
Reaccionando al nihilismo dadaísta, los surrealistas van por algo positivo. No se encuentran en un lugar determinado de la ciudad, cuanto más sin importancia mejor, sino que hacen un recorrido errático por territorio natural: una suerte de escritura automática en un espacio real. Hay algo de abandono y desorientación en su deambular. “Deambular es un medium para entrar en contacto con lo inconsciente del territorio”, dice Careri.
Los situacionistas acusarán a los surrealistas de no haber llevado el potencial dadaísta hasta sus últimas consecuencias. Leerán la importancia que los surrealistas daban a las sueños como “una incapacidad burguesa para materializar un nuevo estilo de vida”, y retomarán el desafío de hacer un arte sin artistas, el rechazo a la representación y al talento personal, en la búsqueda de un arte anónimo, colectivo y revolucionario. Para ellos, derivar es transformar el uso del tiempo: preservar el tiempo no productivo para que no sea reencauzado por la creación de necesidades inducidas. Es perder el tiempo “útil”, transformándolo en tiempo lúdico.
Para Long, que transmite la inmeditez de sus experiencias por medio de mapas, el mundo es una enorme tela sobre la que se dibuja mientras se anda. Subraya Careri que en Long hay una voluntad de retorno a un mundo arcaico, a una espacialidad neolítica. Smithson, en cambio, es el primer andante en investigar la disgregación del paisaje contemporáneo. En él, la periferia urbana funciona como metáfora de la periferia de la mente, de los pensamientos y de la cultura. Son las partes oscuras de la ciudad, donde de encuentran los futuros abandonados, generados por la entropía.
Referencias importantes a Bruce Chatwin, a su libro Los trazos de la canción, sobre los aborígenes australianos, y consideraciones sobre el nomadismo y el sedentarismo, y sobre aquitectura, escultura y urbanismo, enmarcan estas reflexiones de Careri, que cierra el libro con Transurbancia, un manifiesto de su laboratorio de arte urbano Stalker (www. stalker.it), en el que propone una reactualización de andar sin objetivos, proyectando una ciudad nómade.