Nota sobre escritores sin obra (publicada en Perfil el 2 de diciembre de 2007)

Cuando a finales del siglo XIX la edición de libros alcanza una determinada instancia de maduración industrial, produciendo en cantidad textos que parecen confluir cada vez más sobre determinados modelos, hubo un grupo de escritores que, a su manera, decidió enfrentar ese aplastante estado de las cosas del mismo modo en que Bartleby (el célebre personaje de Herman Melville), en 1856, había resuelto enfrentar las imposiciones de su jefe en la oficina de copistas en que trabajaba: “Preferiría no hacerlo”, respondía a cada indicación de sus superiores. Estos escritores son los escritores sin obra, los que nunca han escrito nada, y su surgimiento en la historia se emparenta con el del dandy, que no es otra cosa que un productor de comportamientos singulares en una sociedad que tiende a la producción de todos comportamientos iguales, masificados. Hoy, el gesto de no hacer algo siendo capaz de hacerlo, como si en la renuncia hubiese un valor mayor al que hay en el acto, está completamente incorporado, no sólo en la literatura sino en todo el arte global. “Desvarío laborioso y empobrecedor –escribía Jorge Luis Borges en el prólogo a El jardín de senderos que se bifurcan (1941)– el de componer vastos libros: el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos.” Sin embargo, y a pesar de su actualidad, los primeros rebeldes literarios todavía parecen surgidos de alguna ficción remota.
Subversivo y pacifista. Cartas de guerra es el título legendario de un libro legendario: el que armó y publicó André Breton con las dieciséis cartas, muy breves, que Jacques Vaché envió desde el frente, entre 1916 y 1918, al mismo Breton, a Louis Aragon y a Théodore Fraenkel.
Vaché nunca escribió obra alguna. En su época de bachiller, en la ciudad de Nantes, editó un único número de una revista, por lo cual fue acusado de “subversivo y pacifista”, y expulsado de la institución. Enviado al frente en 1914, fue herido en una rodilla. En el hospital donde se recuperó conoció a Breton y a Fraenkel, que prestaban servicios sanitarios. Es un momento clave: Breton podría haber tomado por maestros a personalidades como Paul Valéry o Guillaume Apollinaire, pero decide confiarse a un insignificante soldado de infantería. Diría más tarde: “Sin Vaché, yo podría haber sido un poeta; afortunadamente, él frustró en mí ese complot de fuerzas oscuras que hace que uno termine creyendo en una cosa tan absurda como una vocación”.
En 1917, aprovechando una licencia corta que le habían dado en el ejército, donde ahora se desempeñaba como traductor, viaja a París para asistir al estreno de Las tetas de Tiresias, la obra de Apollinaire sobre la cual después Poulenc haría una ópera. Indignado por el carácter “demasiado artístico” de la pieza, vestido de oficial británico, Vaché desenfundó su pistola y amenazó con empezar a los tiros si no se detenía la función.
“Maestro en conceder muy poca importancia a todas las cosas”, dio a conocer sobre él Alfred Jarry a quienes después integrarían el surrealismo, y se lo encontró muerto en un hotel, con un amigo, víctimas ambos de una sobredosis de opio, en 1919. “Poeta existencial, no produjo otra cosa que a sí mismo”, escribió alguien por ahí. En sus misivas queda testimoniado el desprecio que sentía por el mundo del arte, y queda también el esbozo de un concepto propio: el Umor, sentimiento a través del cual se manifiesta “la inutilidad teatral de todo”.
Breton ha sido duramente criticado (¡cuándo no!) por presentar a un Vaché ya fagocitado por sus propias ambiciones. “El es el surrealismo dentro mío”, escribió. Incluso sus cuatro prólogos a las Cartas... son más largos que las cartas mismas. Es lícito preguntarse qué sería de Vaché sin Breton. ¿Hoy lo conocería alguien? ¿Sería considerado un escritor? Sin embargo, tal vez lo más importante para calibrar la importancia de la “obra” de Vaché sería preguntarse qué habría sido de Breton, de todo lo que Breton hizo (incluido el surrealismo, que cambió a toda la literatura del siglo XX), sin el impacto y la influencia que Vaché provocó en él.
También se puede pensar que en caso de no haber muerto tan joven, Vaché habría producido alguna obra. En el caso de Arthur Cravan, el supuesto de imaginar alguna obra futura parece bastante más lejano.
Excéntrico y provocador. Cravan (Avenarius Lloyd) se consideraba un poeta y anunciaba sus conferencias como “boxing-dance”: alguna vez habló sobre el Salón de los Independientes, alguna otras sobre la entropía. Excéntrico y provocador, se desnudaba en público, se exaltaba, golpeaba los muebles, disparaba al aire con su Colt 45. En cierta ocasión anunció que se suicidaría en público. Aficionado al box, medía más de dos metros, se decía sobrino de Oscar Wilde y se presentaba como campeón europeo amateur de la categoría de los semipesados. En 1916 desafió en Barcelona al ex campeón del mundo, Jack Johnson. De ese combate queda un único testigo, que entonces tenía siete años. Al parecer, como Johnson cobraba por la filmación de la pelea, la misma tenía que extenderse por lo menos durante cinco rounds. Durante ese lapso, el ex campeón evitó golpear a Cravan. Al comenzar el sexto round, Cravan se lanzó al piso, simulando que se dormía.
Algunas de las imágenes filmadas pueden verse en Cravan vs. Cravan, una película que mezcla documental y ficción que el español Isaki Lacuesta presentó en Buenos Aires en el BAFICI. No es de todas formas el primer film sobre Cravan. O podría no serlo. Muchos aseguran que Entreacto, un corto mítico, de René Clair y Francis Picabia, de 1924, es un homenaje y despedida a Cravan.
En tanto escritor, sus credenciales se limitaron a los cinco números de la revista Maintenant, que publicó entre 1912 y 1915. Cravan la dirigía, la escribía íntegramente, a veces oculto tras varios seudónimos, y además la vendía por la calle, cargando los ejemplares en una carretilla. En Maintenant elogiaba a su supuesto tío y defenestraba despiadadamente a sus contemporáneos. Se burló del arte de Picasso. Apollinaire lo retó a duelo por haber dicho que a su novia “le haría falta que le levantasen la pollera y le metieran una bien gorda”, aunque Cravan se disculpó y la cosa quedó ahí. Fue detenido varias veces por robar en librerías.
Desertor del ejército francés, pasó de su experiencia catalana a Nueva York, y de ahí a México, a donde lo acompañó su última pareja: Mina Loy. Marcel Duchamp le había recomendado que siguiera camino hasta Buenos Aires, pero antes se perdió en el Golfo de México, en 1918, mientras navegaba, solo, en un pequeño barquito que se había comprado.
“¿Usted está seguro de que Cravan existió?”, recordó Lacuesta que le preguntaban a cada paso, mientras hacía su película. “Yo soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales”, había dicho Cravan. ¿Fue la suya una vida de artista? ¿O una vida artística? Para algunos, lo que hizo ese hombre gigantesco, internándose mar adentro, hasta desaparecer, fue una performance histórica. El poeta Blaise Cendrars, por ejemplo, aseguró que Cravan había sido el primer dadaísta, y en el tumultuoso mayo francés su figura fue vivamente exaltada por el irreductible Guy Debord.
Rescate del olvido. El rastro que dejan los escritores sin obra es mínimo, casi invisible, y seguramente hubieran caído inmediatamente en el olvido si no hubiesen sido rescatados por algún otro escritor, más “clásico” y reconocido. En ese sentido, podría atribuirse el valor de aquello que han hecho o no los escritores sin obra, no a esos mismos escritores, sino a quienes los han rescatado. Es que en última instancia, los escritores sin obra son obra de otros escritores.
En Artistes sans oeuvres, que es el único libro específico sobre el tema, el crítico de arte Jean Yves Jouannais señala el caso de Felicien Marboeuf (1852-1924), a quien bien podría concedérsele el título de “el más productivo de los escritores sin obra”. Después de haber sido, en vida, un personaje legendario, cayó en el olvido casi absoluto con la muerte de sus contemporáneos.
Hijo de uno de los abogados más exitosos de París, Marboeuf tenía el raro privilegio de compartir la mesa de su casa con Gustave Flaubert, amigo de su padre. Raro porque Flaubert casi no le dirigía la palabra, siendo, como era Marboeuf, prácticamente un niño, con quince o dieciséis años. Sin embargo una tarde, terminada la comida, Flaubert fue hasta donde había dejado sus cosas y regresó con un pequeño paquete, que entregó a Marboeuf. Era un ejemplar de La educación sentimental, en cuya primera página había escrito la siguiente dedicatoria: “Si usted descubre en el héroe de esta novela, en la que no sucede nada, algunos rasgos de personalidad que lo hacen acordar a los suyos, no se sorprenda. El héroe de esta novela le debe a usted mucho, ya lo creo, tanto en lo físico como en lo psicológico. Simplemente le deseo menos vanidad y más voluntad. G. Flaubert”.
Marboeuf buscó insistentemente, a lo largo de su vida, un tema, un pretexto que le permitiera escribir un libro que lo convirtiera, no ya en un personaje, sino en un escritor. Pero, según señala Jouannais, “más por un exceso de ambición intelectual, una ambición inhumana, que por carencia de genio, Marboeuf se abstuvo de escribir”. Se convirtió en una suerte de personaje de leyenda. En 1896, casi treinta años después del episodio con Flaubert, Marboeuf recibió una carta en busca de aliento de un escritor de veinticinco, cuyo primer libro había tenido una repercusión casi nula.
Era Marcel Proust, que le decía: “Las páginas se han acostumbrado a su mutismo, y sin embargo, con cuánta fuerza me gustaría decirlo: entre los escritores de este siglo, usted es el más grande, el más justo, el más original. Su silencio contiene más inteligencia, más profundidad, que todo el ruido que hacen los agitadores de palabras. Sólo la ambición funciona como referencia, y la suya es inmensa, insuperable, ideal. Si su silencio merece tanto el respeto del siglo es porque se trata exactamente de lo contrario de una declaración de mediocridad o de una incapacidad para escribir; se trata de un proyecto de una magnitud hasta ahora inabordada, de una idea de la literatura tan vertiginosa que ningún gran hombre antes que usted pudo concebir”.
La relación entre La educación sentimental y A la búsqueda del tiempo perdido ha sido largamente estudiada. Nadie, sin embargo, parece haberla hecho pasar por ese punto en el que la encuentra Jouannais.
En 1902, y siempre por la vía epistolar, el improbable Marboeuf le confesó a Proust su amor escandaloso por una poco menos que adolescente. Tres años más tarde, acusado de atentado al pudor por una niña de once, huye de París para no caer en manos de la policía. Se refugia en la bahía de Passamaquoddy, en un pueblo llamado Glooscap, donde tiempo después se lo declara ciudadano de honor y es nombrado director de la biblioteca del lugar. En el crimen de Marboeuf, en su gusto por las jovencitas transmitido a Proust a través de la correspondencia, se podría adivinar entonces, en un desorden genial, cierta idea general de la obra proustiana, una fundación temática, y tal vez también de estilo, subraya Jouannais.
En 1918 aparece A la sombra de las muchachas en flor. “Comprenda entonces que mientras usted me contaba su vida a la sombra de esas chicas que tanto tienen que ver con las flores, esas imágenes iban haciendo camino en mi mente, y presiento que tendrán en mi obra por venir un lugar bastante particular. Permítame que se lo deba a usted”, le escribe Proust.
Jouannais asegura que, en sus Portraits littéraires, el crítico Jules Lemaitre definió a Marboeuf como “el más grande de los escritores que jamás escribieron”. Es posible. Pero en una búsqueda a conciencia, no absolutamente exhaustiva, no se encontró en el volumen mencionado ninguna referencia a Marboeuf.
Con la cita de Borges comienza también un texto paradigmático de Marcel Bénabou: Por qué no escribí ninguno de mis libros. Marcel Benabou estuvo en Buenos Aires hace algunas semanas, participando de una serie de actividades sobre la Oulipo y Georges Perec. Le hicieron muchas notas en los diarios, pero no hubo tanta gente en las charlas que dio. Una lástima, porque se mostró como un conversador brillante, con una vivacidad y un sentido del humor inagotables. Como era de esperar, de su obra casi no habló