Nota sobre Charles Bukowski (publicada en Perfil el 16 de marzo de 2008)

En los Estados Unidos hay una sola historia, y es la historia de cómo hacerse famoso, escribió hace poco Charles Baxter. En este caso, sería así: cuarenta años atrás, un vendedor de muebles de oficina le propuso a un escritor que pisaba los cincuenta que dejara su trabajo de clasificador de cartas y se dedicara únicamente a escribir. A cambio de lo que escribiera, le pagaría cien dólares por semana durante el resto de su vida. El escritor aceptó. “Decidí convertirme en un profesional. Alguien que come, tiene para vino, le pone nafta a su auto, le da de comer al gato y va al cine con lo que le pagan por escribir”, dijo. El vendedor también dejó su empleo y creó una pequeña editorial para desarrollar este nuevo proyecto. La editorial se llamó Black Sparrow Press. El editor era John Martin. El escritor: Charles Bukowski.
Cien dólares por semana era lo que cobraba Bukowski como empleado del correo. Su primera novela la escribió en 19 días, según se cuenta, más una semana que se tomó para atender a los que iban a decirle que era una locura que dejara un lugar en el que había trabajado catorce años. La novela se llamó Cartero, y sólo de entrada vendió 40 mil ejemplares. Es cierto que Bukowski ya era conocido en ámbitos donde sus relatos cortos, sus poemas, sus polémicas lecturas, en las que se emborrachaba, vomitaba e insultaba a los asistentes, y las columnas que publicaba en diarios under (recopiladas en Escritos de un viejo indecente) concentraban la atención de un público importante. Sin embargo, ese reconocimiento nunca se había traducido en dinero; el éxito de Cartero le dio una resonancia muy diferente a todo lo que escribió a partir de entonces.
Bukowski (Hank, lo llamaban) fue tal vez el más desesperanzado de los cronistas de lo más bajo del mundo social norteamericano. En sus libros describió como pocos el lado oscuro del sueño americano: el de los efectos que produce sobre las personas que no quieren plegarse a su tiranía de una sociedad edificada sobre la base de la competencia por el acceso al bienestar económico. “La certidumbre de la nada”, como la llamó uno de sus críticos, es uno de los centros de gravedad de su obra. “Muerte” es una de las palabras que más se repite en sus poemas y relatos.
“Tres buenas novelas es todo lo que uno puede aspirar a escribir”, aseguró una vez, cuando ésa era la cantidad que llevaba escrita. Finalmente escribió seis; difícilmente alguien pueda decir que las últimas son malas. Incluso puede que sean mejores que las primeras. Bukowski es un escritor que mejora a medida que envejece. No porque se reconcilie, sino porque se vuelve más seguro en su desconfianza, en su escepticismo y en su sensibilidad. Su voz vale lo mismo que la de cualquiera.
Leídas de manera reordenada, las cinco primeras novelas recorren el itinerario de su vida casi como si se tratara de un fresco (y los críticos se han cansado de señalar el carácter visual de la narración bukowskiana). El carácter autobiográfico es además uno de los motivos que generan más adhesión entre sus lectores. No necesariamente por lo que cuenta, sino por la poderosa impresión de sinceridad, de verdad, que transmite. “Sólo se puede escribir cuando se vive”, dijo. “Es fácil parecer moderno usando palabras difíciles. En todo caso, creo que poseo una honestidad con las palabras, fruto de las putas y los hospitales. Ahí sí que no caben las palabras vacías”.
En Cartero (1971) queda muy clara su opción por un modelo de escritura hemingwayano. “Decir las cosas de la manera más sencilla posible”, lo describiría, “y después hacerlo todavía más sencillo, y después todavía más sencillo”. Henry Chinaski, alter ego de Bukowski, relata una serie de aventuras desopilantes de su profesión y un par de sus historias amorosas. Sobre el final, el día de su cincuenta aniversario, Chinaski renuncia al correo y decide convertirse en novelista.
Constituida por casi cien capítulos muy breves, Factotum (1975) cuenta la vida del joven Chinaski antes de ser cartero. La novela tiene un cierto aire de picaresca en la figura del protagonista, antihéroe que deambula por los Estados Unidos trabajando unos días en cada lugar, en empleos diversos y miserables, en un viaje en el que se suceden borracheras y encuentros con putas. Se ha comparado a Factotum con la novela proletaria de los años ’30, aunque no haya en Bukowski ningún rasgo de melodramatismo por el destino de sus personajes. Según la italiana Fernanda Pivano, “el protagonista de Factotum no lucha contra la inanidad del universo: se limita a mostrar la absoluta falta de sentido de una vida de masas alienada por la despersonalización, encadenada a la necesidad económica, paralizada por la imposibilidad de liberarse en el breve camino que conduce a la tumba”.
Mujeres (1978) cuenta una veintena de experiencias femeninas después de cuatro años de abstinencia sexual. Chinaski ya es un escritor importante, con dinero y renombre, y las mujeres se le ofrecen en todas partes: en sus lecturas, por teléfono, por carta, en su misma casa. El ya no es el indecente de las novelas anteriores. Se ha sosegado: es más un Casanova que un Don Juan. Bukowski dirá que escribió Mujeres inspirado en el Decamerón de Bocaccio, para exaltar el erotismo. Igual, Chinaski no ha perdido nada de su ironía demoledora. “Estaba contento de no estar enamorado, de no estar en paz con el mundo. A mí me gusta meterme con todo y con todos”, dice.
En La senda del perdedor (1982) el relato autobiográfico retrocede a los tiempos de la infancia (“nada de amor, nada de afecto”), al Los Angeles de la Depresión y de la Segunda Guerra Mundial. Es un retrato de su relación con un padre golpeador y despreciativo al que Bukowski noquearía a los 19 años, para luego abandonar la casa familiar. A partir de ese momento, el joven mal adaptado, pobre, con la cara cubierta por un acné infernal, tendrá en los libros y el alcohol sus grandes refugios.
En la descripción de los personajes se reconoce una tímida abyección celiniana: “Todos eran viejos. Parecía que tenían problemas de salivación. En las comisuras de los labios se les habían formado manchas de baba, baba que se había secado y se había recubierto de otra capa de baba húmeda. Algunos eran cortos de vista, otros temblaban. Todos tosían y daban chupadas a los cigarrillos”.
Unos años más tarde, el francés Barbet Schroeder filmó en Estados Unidos Barfly (Mariposas de la noche), un retrato de la juventud de Bukowski, que escribió el guión, participó activamente en la filmación y fue personificado por Mickey Rourke. “Casi todo hace que el público de cine se sienta molesto e insultado, mientras que a la gente que lee novelas y cuentos le encanta que se la moleste e insulte”, distinguió Hank. Al relatar este largo y extenuante proceso de trabajo, Bukowski describió en Hollywood (1989) las condiciones de su nueva vida. El perdedor se ha transformado en un ganador. Ahora es una leyenda, un gurú: actores, periodistas y admiradores acuden a él para escucharlo y tomar nota de sus palabras. Bukowski los insulta, los echa, se burla de ellos. A ellos les encanta.
Editada después de la muerte de Bukowski, en 1994, a los 73 años, Pulp escapa del canon autobiográfico. Es una parodia de las novelas de detectives (la pulp fiction que recogerá Quentin Tarantino). El protagonista no es Chinaski sino el investigador privado Nick Belane. Es un libro de homenaje a Raymond Chandler, “otro explorador del costado oculto de la ciudad de las ilusiones”. Es su novela más corta. En su logrado Bukowski para principiantes, Carlos Polimeni destaca que “el amor por la literatura que transmite Bukowski en esta obra no tiene precedentes”.
El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco es un diario que llevó entre los años ’91 y ’92 y también se publicó de manera póstuma, ilustrado por Robert Crumb. Bukowski usa PC, tiene un BMW nuevo y va del hipódromo al jacuzzi. Ya no bebe cerveza sino un vino blanco del Rhin. Este libro es casi un testamento, un diálogo con la muerte. Bukowski es más sabio, sereno y filosófico que nunca. “Recuerdo una larga e iracunda carta que recibí un día de un hombre que me decía que no tenía derecho a decir que no me gustaba Shakespeare”, termina. “Demasiados jóvenes me creerían y no se molestarían en leer a Shakespeare. No tenía derecho a adoptar esa postura. No le contesté. Pero lo haré aquí. Que te den una patada en el culo, viejo”.
Peleando a la contra, una gran antología que hizo su editor John Martin tomando como base una veintena de libros de relatos, de poemas y novelas, y organizada de tal manera que va siguiendo el recorrido autobiográfico de la escritura de Hank, es la mejor opción para quienes tengan más interés en la vida de Bukowski. No vale la pena leer sus biografías.
Sí es recomendable una entrevista que le hizo Pivano: Lo que más me gusta es rascarme los sobacos. Pivano es más inteligente que Bukowski y lo acorrala a voluntad. Bukowski retrocede, titubea, se defiende, se irrita, se contradice, pero no cede. La construcción del propio personaje, la imagen que da de las mujeres, su cambio de vida cuando empieza a ganar buen dinero, la política, su estilo y métodos de escritura. De eso hablan. “Escribí algo simpático”, le pidió él. Y Pivano lo hizo.
Lo mejor de sí. De todas formas, y aún si Bukowski fue un gran novelista, no sería ninguna exageración decir que lo mejor de su narración de situaciones, de climas, de sensaciones, está en su poesía. Son poemas de pequeñas anécdotas con personajes y diálogos, escritos en un lenguaje muy coloquial y casi monosilábico, con un ritmo conversacional, sin música. Los elementos significativos quedan reducidos al mínimo, con una habilidad muy especial que hace que hasta el final del poema uno no llegue a comprender sobre cuál de esos elementos dramáticos recaerá el acento. Y no en pocos casos, ese acento queda suspendido.
El crítico Eduardo Moga ha señalado que “la elipsis es el principal recurso retórico de Bukowski: no lo que dice y cómo lo dice sino lo que calla, las interrupciones y los silencios, esas súbitas oquedades que se abren en sus versos, y que muchas veces los acaban”.
A la sombra de cierta imagen del poeta maldito baudeleriano, los temas de su poesía son los de su narrativa: él mismo, su vida. Bukowski decía que escribía veinte poemas por semana. Todos tienen una marca de precariedad, de espontaneidad, muy viva. Casi no corregía; a lo sumo, tachaba. Contó una vez que “enviaba los poemas tal como los había escrito, sin cambios en los versos o las palabras. Nunca los revisaba ni volvía a escribirlos a máquina. Para eliminar un error, sencillamente escribía encima de la línea de este modo: XXXXXX, y continuaba con el verso. Una revista llegó a publicar un grupo de poemas con todos los XXXXX intactos”.
Publicó 36 libros de poemas, con los cuales se hicieron decenas de antologías. Los primeros son más limpios en la descripción, más llanos. Con los años, va permeando una voz más distante, o reflexiva, que les da una conmovedora intensidad vital. Poemas de la última noche de la Tierra, de 1992, es su gran libro de madurez. De los primeros, Arder en el agua, ahogarse en el fuego, una extensa antología hecha por él mismo que incluye poemas escritos en 1955 y 1973.
Alguna vez lo quisieron comparar con los beatniks y se defendió diciendo que “a ellos les gusta el jazz, a mí la música clásica. A ellos les fascinan las drogas, a mí apenas me alcanza para cerveza barata. Ellos se interesan en política, yo en hipódromos. En el fondo, ellos son chicos de San Francisco y de su mierdosa bahía, yo apenas un chico duro de los barrios malos de Los Angeles”.
Una comparación más justa sería con los punks, en su propuesta de rechazo a cualquier indulgencia hacia las costumbres cotidianas. Tal vez haya sido por ese individualismo anarquizante que siempre costó clasificarlo y generó tantos rechazos. Incluso hoy parece haber envejecido demasiado rápido en la apreciación de sus lectores. Con él pasa más o menos como con el surrealismo. Es común decir que a uno le gustaba Bukowski cuando era más joven. Es como decir que si se lo leyera ahora, con todas las lecturas “mayores” que a uno le han sobrevenido después, probablemente no pasaría el examen. Bukowski parece ser algo de lo que hay que desprenderse para acceder a otra cosa mejor.
Es como el escritor que todos leíamos cuando no sabíamos lo que era “la literatura”. Pero justamente ahí es donde sigue tan vigente como siempre. Frente a lo que “debería ser” la literatura, Bukowski respondería: “que te den una patada en el culo, viejo”.