Nota sobre Arnaldo Calveyra (publicada en Clarín el 2 de enero de 2010)

Arnaldo Calveyra nació en Mansilla (Entre Ríos), en el 1929, pero vive desde hace casi cincuenta años en Paris. Escribe en castellano, pero la mayoría de sus libros se publicaron antes en francés. Hasta no hace mucho, era un poeta prácticamente desconocido en el país. En gran medida lo sigue siendo, aunque textos suyos como Diario del fumigador de guardia, que tardó 32 años en terminar, o el asombroso El maizal del gregoriano están entre lo mejor que ha dado la poesía argentina. La edición local, en el 2008, de su Poesía reunida, puso su obra al alcance de todos los lectores. Ahora, a los 81 años, acaba de publicar El cuaderno griego (Adriana Hidalgo ed.), un libro elegíaco que por primera vez cierra con la palabra “fin”.
Calveyra se inició como escritor mandando guillotinar, semanas después de haberlo publicado, la edición íntegra de su primer libro, una novela. Era una época en la que no sabía si seguir con sus estudios de piano o dedicarse a la literatura. Estudiaba Letras en la Universidad de la Plata y pasaba los fines de semana en Buenos Aires, en casa de otro excepcional poeta entrerriano: Carlos Mastronardi.
“Recuerdo lo que siempre discutía con Mastronardi: con la poesía no hay idea de progreso. Pienso que esa idea de progreso me demoró mucho. De la poesía uno sólo saca poesía. La idea de progreso no cabe. Esa fue mi formación”, le dijo Calveyra a Jorge Fondebrider en uno de los primeros reportajes que se le hicieron, a fines de los ’80.
En Francia se dedicará a las traducciones técnicas y a la docencia. Tendrá una larga amistad con Julio Cortázar y con Laure Bataillon, que durante años traducirá sus textos al francés y los promoverá entre las editoriales parisinas.
También dramaturgo (Cartas de Mozart, Moctezuma), Calveyra pasó un tiempo en Inglaterra, en casa de Peter Brook: “leíamos a Shakespeare, conversábamos; él en ese momento hacía una película, veíamos las tomas; cada tanto lo cambiaba todo, de pronto no quedaba nada y había que empezar de nuevo. La disconformidad total, la disconformidad pantagruélica, y sacar todo nuevamente de un sombrero cada vez. Qué prestidigitador. Yo creo que esa fue la lección más grande”.
La “memoria entrerriana” fue siempre el germen de su poesía (en prosa, porque Calveyra casi no escribe poesía en verso), no tanto en términos de paisaje ni, menos, de vocablos localistas, sino de un ritmo de dicción, de escritura, de característica “casi fluvial”.
Enmarcados en un dato argumental mínimo (una visita a la abadía de Solesmes en El maizal..., un viaje por las islas griegas en El cuaderno...) los textos de Calveyra se despliegan como estuarios de palabras (“lluvia”, “ciervos”, “peregrino”, “nombrar”, “luz”, “sueño”, “infancia”, “palabras”) sobre las cuales el ir y venir de las imágenes va depositando tenues capas de sentido. Es siempre esa sedimentación de imágenes y nunca una definición conceptual lo que produce el sentido de sus textos. Dijo: “lo que más espero de un poema: una cosa por vez y sobre todo nada de abstracciones. Para las abstracciones está la filosofía. Cuando un poeta busca nociones en lugar de cosas es porque es un filósofo frustrado”.