Nota sobre Aharon Appelfeld (publicada en Perfil el 31 de enero de 2010)

Nació en Czernowitz, Ucrania, en 1932, hijo de un matrimonio judío de clase alta. A los siete años los nazis asesinaron a su madre; a su padre y a él los llevaron a un campo de concentración. Logró escapar. Vagó por los bosques, conviviendo con putas, ladrones y estafadores. Se unió al ejército soviético. Al final de la guerra, una organización que se ocupaba de reubicar a los huérfanos del Holocausto lo llevó a Israel.
Vive en Jerusalén con una argentina, se siente europeo y escribe en hebreo. Tiene publicados más de treinta libros. Para muchísimos lectores y críticos de todo el mundo, es uno de los mejores escritores vivos. Philip Roth lo homenajeó retratándolo como personaje principal en Operación Shylock. Se llama Aharon Appelfeld. Editorial Losada trajo de España tres de sus últimas novelas, lo poco que se consigue de él en castellano.
Badenheim 1939 es de 1980. Badenheim es “la ciudad de los festivales musicales”, una localidad austríaca donde veranean muchos judíos “asimilados”. Llegan los turistas, el empresario con los músicos, el director de la orquesta. Los comercios y el hotel trabajan a toda marcha. Entre todos, como una pequeña novela de cámara, se van tejiendo relaciones ocasionales. La mujer del farmacéutico, muy enferma y en estado de desvarío, ve signos de muerte en cada uno de los habitantes del lugar. El Departamento de Sanidad abre un registro para que se anoten los judíos, y reparte folletos turísticos de Polonia. Todos viven como si lo mejor de sus vidas ya hubiese sucedido. Asisten a las representaciones, leen a Hermann Hesse, recitan a Rilke. “Un tiempo de otro lugar invade el lugar y se instala ahí, en silencio”. En el ingreso al pueblo se despliega un puesto de control con gendarmes austríacos. No más comercio con el exterior. No más cartas. El pueblo se llena de murmullos, las voces lo rodean. Los veraneantes empiezan a fantasear con el viaje que les han dicho harán a Varsovia, a unirse con los judíos del este. Pero algunos intentan suicidarse. Pasan el otoño, la primavera. No se pueden hacer más llamadas telefónicas. Empiezan a enloquecer. ¿Nos costará mucho adaptarnos al tipo de vida de Varsovia?, se preguntan.
Katerina, un relato más lineal y contenidista, es de 1989. La narradora es una campesina ucraniana, hija de madre golpeadora y padre abusador, que huye de su casa y deambula por pueblos vecinos, hasta que una judía ortodoxa la contrata como empleada doméstica. Viven en una zona muy antisemita, donde los campesinos organizan grupos para golpear y extorsionar judíos. En convivencia con la familia para la que trabaja, Katerina irá asimilando la forma de vivir de los judíos. Pero las agresiones se intensifican. Primero es asesinado el señor de la casa, después la mujer. Katerina huye con los dos hijos del matrimonio, para salvarlos. Cree que los judíos están “sumidos en la ensoñación de la muerte”. Finalmente una tía de los niños se los quita. Entonces comienza a trabajar en la casa de una judía no religiosa, pianista. La historia irá hundiéndola en la tragedia personal y el holocausto. Pero Katerina, que jamás querrá volver a su pueblo natal, hará de lo judío su refugio de la babarie. A su manera, es una novela espectral: la protagonista habla continuamente con los muertos.
Vía férrea, es de 1998. Desde que hace cuarenta años el convoy que lo conducía a un campo se detuvo por la derrota de los nazis, Erwin Siegelbaum recorre en tren cada año los alpes austríacos, comprando y revendiendo libros y objetos que pertenecieron a las familias judías que vivían en la zona. En cada pequeño pueblo tiene o ha tenido un conocido, o una amante. La memoria es un tragedia; funciona sola, lo enloquece. Para Erwin, buscar es también perderse. Su madre y su padre, un comunista irreductible al que los judíos despreciaban porque saboteaba la prosperidad de los negocios, fueron asesinados en un campo donde habían sido recluidos y obligados a trabajar. El los ha visto morir. Erwin viaja con un arma. El principal objetivo de sus viajes es encontrar a Natchigal, el coronel y terrateniente austríaco que ha matado a sus padres, y asesinarlo.
La prosa de Appelfeld es minimalista y melancólica: siempre guarda un secreto. Si en las tres novelas abundan los pequeños desplazamientos, continuos y repetidos, esa suerte de errancia que parece desmaterializar el relato impulsándolo a cierta abstracción (al final de la cual, seguramente, está la locura) alcanza en Vía férrea un punto culminante. Es la más kafkiana de las tres, en el sentido de que lo literal y lo figurado están sobreimpresos lo uno sobre lo otro.
Quizás porque han sido estupendamente traducidas, directamente del hebreo, Badenheim y Vía férrea, la primera más “satírica”, la segunda casi “metafísica” en su desolación, provocan una cercanía casi corporal con las formas de la prosa, con los silencios de su respiración. Es imposible dejarlas. La sensación de inminencia, de habitar en un malentendido (“¿por qué?”), no se despeja jamás. Mucho menos con el final.