Impresiones sobre algunas imágenes III (publicadas en el sitio Los trabajo prácticos , el 9 de febrero de 2009)

Hay una cuestión, una especie de fantasma, que hace un tiempo que me mortifica, como obligándome a resolverla: es la cuestión del aburrimiento como “categoría estética”. Uno suele aplicar la idea de aburrimiento como una suerte de ejecutor de juicio inapelable: que algo me resulte aburrido, nadie puede discutirlo. Es un punto de partida. Pero también es un punto de llegada: si algo me aburre, es porque ese algo es aburrido. Es más una sentencia que una “opinión”, una sentencia sin justificación. Es como un autoritarismo hedonista. El sábado veía en el microcine de Proa la filmación de un reportaje para la tele en el que Marcel Duchamp intentaba diferenciar “gusto” de “estética”. Algo similar, me parece, fue lo que quiso hacer el crítico Robert Morgan cuando en umas charlas que dio en el Rojas intentó diferenciar el arte sintomático de un momento cultural del arte significativo de un momento cultural. ¿Qué son las literaturas de Luis Chitarroni y de Fernanda Laguna, cada una en su extremo: síntoma o sentido? ¿Qué es un escritor profesional? ¿Alguien que escribe para la historia de la literatura, que dialoga con el sistema literario con la intención de hacer una obra que le permita inscribirse en determinado espacio en ese sistema? ¿O alguien que escribe para el mundo de la literatura, integrado y mimado por la industria editorial, alguien que dialoga en los debates mediáticos y construye coquetamente su figura de escritor mundano? ¿Quién es más profesional: el que escribe en el centro del corazón de la historia de la literatura o el que lo hace en el centro del corazón de la industria editorial? No sé si los ejemplos están bien. A lo mejor los ejemplos me desmienten. La literatura de Chitarroni parece decirnos que sabe mejor que ninguna otra por dónde pasa hoy la modernidad literaria. La de Laguna, en cambio, estaría confesándonos que no tiene idea ni le importa. Pero: ¿no es esa a su vez su marca de mayor modernidad? ¡Qué abismo! Las peripecias del No, de Chitarroni, y Me gustaría que gustes de mí (¡Sí!), de Laguna, comparten tiempo y espacio, pero miran hacia horizontes opuestos. Pensar la literatura en términos de amateurismo o profesionalismo, de apocalípticos o integrados, de izquierda o derecha, de ficciones extremas: así estamos un poco formateados. Pero es como una tensión ficticia. Quiero decir: la diversión, el aburrimiento, ¿no forman parte de la moda, del gusto? ¿No deberían resultarnos indiferentes? El aburrimiento tiene algo perturbador, algo de maquínico: algo que por un lado nos sobreorganiza y por el otro nos desorganiza, las dos cosas al mismo tiempo. En una parte de la película que vi en Proa, Duchamp juega al ajedrez con Cage. El tablero tiene unos sensores conectados a unos cables conectados a unos amplificadores. Cada movimiento genera como una especie de lámina de sonido. Las láminas de sonido se van superponiendo a medida que la partida avanza. Lo que se genera es una superficie de ruidos, granular. Se va hacia los graves, se va hacia los agudos. El volumen no sube demasiado. Bueno: en realidad, quería escribir algo sobre Historias Extraordinarias, la película de Mariano Llinás, pero pasa no sé muy bien qué decir. Si una madrugada de invierno prendiera la tele y la viera empezada por algún canal, un rato nomás, semidormido, sin saber de quién es, ni de qué año, ni de qué ambito, ni de qué va, y después, al día siguiente, no pudiera distinguirla en la grilla, ni averigüar qué era, seguramente me parecería una de esas películas que siempre quise ver, o siempre quise que existieran, y que muy pocas veces se cruzan en nuestro camino.

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Hace unos años se publicó una novela que tenía como título No sé si casarme o comprarme un perro. Sí: no sé si casarme o comprarme un perro. Lo recuerdo siempre. Lo recordé también el viernes a la nochecita, cuando no sabía si escuchar un disco de jazz (Woody Shaw) o tomarme un vino. Cada vez que estoy en una disyuntiva recuerdo ese título. ¿Prosa o poesía? Pero: ¿y si lo más interesante de la escritura actual estuviese pasando por el ensayo? Hablo de escritura: de poner una palabra detrás de otra, de poner una coma, de volver a repetirlo casi todo, de transformar un razonamiento en una imagen. Ahora leí El laberinto de las voces argentinas, una recopilación de artículos de extensión diversa de Ricardo Forster, que acaba de publicar Colihue. Cuando le comenté a un amigo mucho más leído que yo el entusiasmo que me había despertado la escritura de Forster, mi amigo me la rebajó a una suerte de epigonismo de una suerte de “estilo steineriano”. Cuando comenté en una cena el entusiasmo que me habían despertado los planteos de Forster, la novia de otro amigo, que estudió con Forster (ella), me dijo que cuando terminaban sus clases (las de Forster), los alumnos lo aplaudían de pie. Hay en el libro un ensayo maravilloso donde pone en espejo determinados momentos de su vida con la experiencia del descubrimiento, en esos mismos momentos, de determinados objetos culturales: La montaña mágica, de Thomas Mann, El sacrificio, de Andrei Tarkovski, y la fotos de Martín Chambí. (To stalk, recuerda Daney, en un artículo sobre Stalker, otra película de Tarkovski, es cazar al acecho, casi como en una danza). No sé qué puede salir de eso, pero alguna vez me gustaría comparar la escritura de Forster con la de Aira. Algo tiene que salir. A lo que dice Forster en sus artículos prefiero no agregar nada para evitar las polémicas boludas de internet. O más o menos. Puedo contar una anécdota personal, también boluda. Es así: en una época yo trabajaba en un diario y el gobierno K había lanzado una serie de medidas. Era la noticia del día, y todos nos pusimos a buscar repercusiones. Al cabo de un par de horas, nos reunimos a ver qué habíamos encontrado. El resumen lo hizo un colega: “las medidas son malas, los mercados y los empresarios las rechazan”. Es casi como un test, quise pensar yo, muy ingenuamente: si los mercados y los empresarios las rechazan, las medidas deben ser buenas.