Impresiones sobre algunas imágenes II (publicadas en el sitio Los trabajos prácticos , el 27 de enero de 2009)

Al uruguayo Roberto Appratto lo escuché leer hace unos meses un poema buenísimo sobre los poetas que escriben un poema por día. Me pareció la crítica más justa y más feroz que leí o escuché alguna vez en relación con experiencias literarias programáticas, del tipo de las que hace la Oulipo (el grupo por el que pasaron Calvino, Perec, Harry Matthews, Raymond Queneau y Marcel Benabou, entre otros). Ojo, que siempre me gustó muchísimo lo que hacen en la Oulipo, pero también es cierto que en su trabajo hay un punto ciego mecanicista al que tardo en encontrarle sentido. Por ejemplo: hasta que no leí que una poeta armenio/norteamericana había aplicado el método S+7, que consiste en reemplazar cada sustantivo de un texto por el séptimo que le sigue en un diccionario, al primer discurso de asunción de George W. Bush, no había entendido el campo de posibilidades que abría la arbitrariedad de esa técnica. Ahora veía en un diario la foto de un joven parecido a Enrique Iglesias, bajando la escalerilla de un avión. Hay algo retro en la imagen. Tiene pantalón y camisa de vestir a rayas, pero no lleva saco. La cinta de un bolso porta laptop le cruza el pecho. Está rapado, y usa eso anteojos de camionero tipo BJ o Chips, que ahora venden, carísimos, en Palermo. O en San Telmo. Bien podría ser uno de esos norteamericanos que paran en un hostel y compran yogurt y cerveza en el Leader Price de Independencia y Defensa. En la realidad vive en Washington, se llama Jon Favreau, comparte piso con seis amigos, apenas se afeita, nunca cocina, no tiene novia y se queda hasta el amanecer jugando en la compu. Cuando tiene que trabajar, lo hace desde un Starbucks. Es el escritor que redacta los discursos de Obama. “Mi rival da discursos. Yo ofrezco soluciones”, decía Hillary. Cuando Obama le ganó la interna, Favreau, que tiene veintisiete años, se sacó una foto tocándole las tetas a una figura de cartón de Hillary. Cuarenta años tenía el personaje de Marcello Mastroianni en 8 y 1/2, cuarenta y cinco el de Woody Allen de Manhattan y cuarenta y seis el de Julio Chavez de El otro. Tres personajes enredados en la neurosis del lenguaje, vencidos por la neurosis del lenguaje. Sobre el final de Manhattan, Allen acude al personaje de Mariel Hemingway, a la que ha despreciado por la relación directa y elemental que tiene con las palabras, para que le explique de qué va la cosa. “No lo leí, no me gustó”, dicen que dijo una vez Oswald de Andrade. Es una frase muy iluminadora de nuestro tiempo, pero oscilante como una piedra movediza. Imposible saber de qué lado va a caer. Hoy publican entero el discurso de asunción de Obama. No lo leí. A lo mejor mañana.

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A medida que la enfermedad lo fue consumiendo, mi viejo fue ganando para mí un parecido bastante impresionante con el Fidel Castro pálido y adelgazado de los últimos años. Tanto me obsesioné con la similitud que escribí un poemita sobre el asunto. Dice así: Este año mi padre/ cumple setenta.//Diez menos/ que Fidel.// Su inteligencia será/ siempre/ de otro tiempo.// No del mío. Es muy malo, por supuesto: no queda claro si la inteligencia mencionada es la de mi padre, la de Fidel, o la de ambos, hermanada no se sabe bien por qué. Si me refiero a la de mi padre soy una especie de “pollerudo”; si me refiero a la de Fidel, casi un inconsciente. ¿Qué sé yo quién fue (o ¿es?) Fidel? ¿Sé acaso quién fue el Che? ¿Fue un asmático? Así parece, según subrayan Juan José Sebreli en una entrevista y Beatriz Vignoli en la nota a un poema. Hay un libro también, íntegramente dedicado a la cuestión del complejo de asmático del Che y su literatura. No sé, eso de acusar a alguien de acomplejado, y hacer de un complejo la medida de una personalidad... Así también empieza la película de Soderbergh, que todavía está en cartel en algunos cines de Buenos Aires: el Che deteniendo su avance por la sierra cubana porque no puede respirar. Fui a verla hace unos días, solo porque nadie quiso acompañarme. A mí me gusta el cine de reconstrucción, de información socio-histórica. Me gusta pensar que puede enseñarme algo. No pido disculpas por eso. El comienzo me molestó. ¿Otra vez lo mismo? Pero no: después en la película uno se da cuenta de que el asma no es el origen de algo, sino un obstáculo que también se supera (¡gran enseñanza anti traumática del director!). Las imágenes del film son como las famosas fotos de Korda y Corrales, puestas en movimiento, y en colores. Es la misma imagen de la revolución de hace 50 años. El guión sigue un libro de artículos del Che, bastante entretenido y poco político: Pasajes de la guerra revolucionaria. Lo leí hace mucho (y lo recomiendo, pero siempre después del Diario en Bolivia: ni siquiera las mejores novelas negras, las de David Goodis, por ejemplo, logran crear la aterradora sensación de asfixia que crea este libro, asfixia que se va agudizando hasta volverse intolerable, y ahí todo se corta de golpe). Bueno, decía, como la película es bastante fiel a Pasajes..., no sólo me lo recordó, sino que también me recordó lo que me hizo pensar el libro mientras lo leía. Es esto: en su camino hacia La Habana, las columnas revolucionarias tienen un par de escaramuzas con el ejército de Batista y un solo enfrentamiento más o menos “abierto”, en Santa Clara. Después, a medida que avanzan, los otros retroceden. No conozco las cifras de muertos en combate, pero según lo que se ve en la película, no deben haber superado las decenas. Nada, para lo que estaba en juego. Es como si el gobierno central, sin apoyo popular, carcomido en sus propias estructuras, sin proyecto político, desmembrado geográficamente, aislado por sus ex aliados, se hubiese derrumbado sólo, casi sin haber recibido un golpe, incapaz de sostenerse por sí mismo. No se ve en la película, que se termina cuando están a unos kilómetros de la capital, pero los revolucionarios entraron a La Habana caminando Si no me equivoco, algo similar sucedió en la revolución rusa. Habría que revisarlo. En todo caso, mi hipótesis “al salir del cine” sería que no se derrama sangre para conquistar el poder, sino para consolidarlo. Como no tenía con quien conversarla, la comparto acá.