Entrevista a Claire Keegan (publicada en La Capital, de Rosario, el 30 de noviembre de 2008)

Dos libros de cuentos, Antarctica (1999) y Recorre los campos azules (2007), le valieron a la irlandesa Claire Keegan, nacida en 1968, una cantidad innumerable de premios, reconocimientos y elogios críticos en todo el mundo. Keegan estuvo en Buenos Aires promocionando la edición en castellano del segundo de sus libros, publicado por Eterna Cadencia, y participando del Festival internacional de literatura (Filba), en el cual integró una mesa de lecturas y de otra sobre escritura creativa.
-En una entrevista que le hicieron cuando publicó de su primer libro de cuentos, Antarctica, usted dijo que cuando escribía un cuento lo hacía partiendo de un sentimiento. En Recorre los campos azules parece haber una insitsencia en ciertos sentimientos generacionales: la mayoría de los personajes de más relieve son de mujeres de unos 40 años, que atraviesan un momento crítico de su vida. ¿Lo reconoce como tema en sí mismo?
-No lo había pensado desde ese punto de vista. Recorre los campos azules, si uno se fija bien, es un libro contado desde la perspectiva del hombre, y no de la mujer. Claramente no es autobiográfico, pero sí es un trabajo muy personal, que me importa mucho, y en consecuencia mi vida privada se permea en los cuentos. Me interesa especialmente la idea de matrimonio como un presupuesto social que significa que uno se tiene que casar y tener hijos. Ese nunca fue mi sueño, nunca pensé que hubiese un único camino o una única manera de vivir la vida. El matrimonio es una idea muy poco seductora. Para muchas mujeres, en Irlanda, es una propuesta sin atractivo. Allá las mujeres tienen demasiados hijos, más de los que quieren, y además terminan siendo una especie de sirvienta de los hombres, porque el hombre no hace nada. Las mujeres como mi madre, además de cocinar, mantener la casa, criar a seis hijos y presentarlos a la sociedad, tenían que hacer su trabajo duro de granja, con la tierra. Y según recuerdo, mi padre no hacía demasiado. Mi perspectiva del matrimonio, en este primer acercamiento que fueron mis padres no me atrajo para nada. Y la verdad es que la mayoría de los hombres irlandeses no son precisamente irresistibles.
-Otro tema sobre el que puede leerse una insistencia en sus cuentos es el de la iglesia. ¿Se está produciendo en Irlanda un cambio en la consideración de las instituciones del matrimonio y de la iglesia?
-Sí, tanto la iglesia como institución, como las relaciones entre hombres y mujeres, están cambiando mucho en Irlanda. Y lo que más radical y rápidamente se está modificando es la relación de la iglesia con la sociedad. De manera reciente, la iglesia tuvo una caída importantísima en su reputación con la difusión de un informe que revelaba todos los casos de abuso sexual a niños, en un número bastante escalofriante. Y no era sólo en la iglesia, sino también en instituciones relacionadas. La gente ya no tiene demasiadas razones para creer, si los que eran los guías morales de los chicos se abusaban de ellos. Ahora los jóvenes ya casi no van a misa. Entre hombres y mujeres los cambios son más lentos. Las mujeres son como ciudadanas de segunda, pueden ser reinas en sus casas pero en la sociedad pierden confianza porque no han sido educadas, ni han tenido la posibilidad de viajar; sólo han vivido una vida doméstica, limitada. Y los irlandeses no somos gente muy afectuosa. Hay un escritor irlandés, John Mc Gahren, que dice que en Irlanda es más aceptable pegarse en público que besarse, lo cual es bastante cierto. Por otra parte, los hombres irlandeses han sido siempre muy apañados por sus madres. Irlanda es el país del mundo donde se toma más té: hay un chiste que dice si uno le pregunta a un hombre cuántas chucharadas de azúcar le pone a su té, el hombre le va a contestar que no sabe, que mejor le pregunten a su madre. También hubo mucha represión sexual ligada a la iglesia. Se nos enseñó que el sexo era algo sucio, que los hombres le hacían a las mujeres, y no que se podía hacer juntos y con placer. La verdad, si se me permite la expresión, todo esto era una verdadera mierda. Ahora la situación está empezando a cambiar. Es difícil, pero está empezando a cambiar.
-¿Sus cuentos son leídos en Irlanda bajo estas coordenadas, de un poco reflejar y participar de los debates que se dan en el ámbito social?
-Creo que ningún escritor puede saber de qué manera se leen sus libros. Los lectores tienen sus experiencias privadas, donde incluyen sus vergüenzas, sus promesas no cumplidas, sus secretos personales, cosas que nada más que ellos conocen. Sí puedo decir que mis cuentos fueron muy bien recibidos por la crítica, y creo que han sacudido un poco la vida privada de mi país porque se han vendido muchísimos ejemplares, algo bastante inusual para una colección de cuentos.
-Así como se producen estos cambios en la sociedad, ¿está habiendo simultáneamente una renovación generacional en la literatura irlandesa?
-Es muy pronto para decir si estamos ante un cambio generacional que realmente vaya a llegar a la literatura. Son cosas que toman un tiempo. Acabamos de vivir un boom económico de diez años, durante los cuales tal vez no estábamos conectados todos espiritualmente, pero sí materialmente. Estábamos viviendo una experencia juntos, todos los irlandeses. Ahora, con la crisis mundial, entramos en una recesión. Y todavía no hubo tiempo para absorber todos los cambios del período de crecimiento. Uno puede analizar el pasado reciente, pero todo lo que sucedió todavía no llega a ser pasado reciente. Es demasiado pronto.
-Usted dijo que una de las cosas que más valora de los cuentos son las frases. Me gustaría leerle una frase de uno de sus cuentos, que me pareció muy significativa, para que me haga un comentario. Es del cuento La hija del guardabosques, y dice: “La mayor parte de su vida giró alrededor de cosas que nunca sucedieron”.
-Es una frase de un famoso poeta británico, Philip Larkin; una reflexión sobre la muerte. En el poema, el que escribe se despierta a la mañana temprano y piensa en cómo y en cuándo se va a morir. Hay muchas cosas sobre las que pensamos, si van a pasar o no van a pasar, y nunca pasan, y la muerte es lo único seguro nos va a pasar. Me conmovió mucho ese poema. Pensamos y nos preocupamos tanto por cosas que nunca van a suceder. Cosas totalmente innecesarias. Pero es uno de los rasgos de los humanos, ¿no?
-Otra insistencia que se ve en su obra es la introducción de ficciones dentro de los relatos: un cuento de Chejov, artículos de diarios, narraciones orales. Por momentos la verdad del relato parece estar puesta en esas ficciones. ¿Usted considera a la ficción como un lugar de la verdad?
-Es una linda forma de verlo. Yo lo que realmente creo es que los buenos libros nos leen a nosotros, y que si leemos con atención y buscamos en el libro aprendemos algo sobre nosotros mismos. En la propia lectura uno hace reflexiones sobre sí mismo. Leer dándose cuenta de que hay otra persona, imaginarse cómo es estar vivo para otro, creo que nos enriquece y nos hace más inteligentes y más honestos. Depende de cada lector, igual; de cómo lea cada lector. La ficción, en general, puede poner nervioso, incomodar, más que calmar. La vida es incohentene, un verdadero caos, y la ficción es un arte del tiempo: una ahí le da coherencia, y le pone un orden a la vida. Tal vez a través de esa incomodidad que sentimos nos hace buscar y encontrar lo que realmente nos mueve. Depende de cada lector encontrar su propia verdad o no.
-¿Qué es lo que usted más valora de un cuento bien logrado?
-Lo que realmente valoro es que me emocione, que me de placer. También puede ponerme incómoda y movilizar cosas que no me gustan, porque un relato construye lógica con las emociones. También me gusta que, como la muerte, en los buenos finales, uno sabe lo que va a pasar pero no sabe cómo ni cuándo. Y reconozco un cuento como muy logrado cuando tiene varios niveles, cuando debajo de la historia descubierta, frontal, hay frecuencias y corrientes que ayudan a movilizar lo emocional, que es lo más importante. Un cuento puede enseñarme a ver lo que es un ser humano, aunque eso no me guste.
-Usted tiene un master en escritura creativa, y además enseña. ¿Qué es lo que le aportó a su propia producción?
-Como escritor uno trabaja bastante solo. Una vez que un cuento está terminado, se la manda al agente, que solamente dice que está bueno, y el agente se la manda al editor, que no hace más que revisar que todo esté ortográfica y gramaticalmente correcto. Pero los escritores necesitamos un lugar para encontrarnos, un espacio social, de ayuda, de discusión. Creo que eso es lo que más sirvió: ver qué respuesta tiene en los otros lo que uno escribe.
-¿Qué es eso “azul” que se menciona en el título del cuento que da nombre al libro?
-No tengo idea, simplemente me gustó cómo quedaba.