Crónica sobre el XVII Festival de Poesía de Rosario (publicada en Ñ el 26 de septiembre de 2009)

Todo empezó con una reflexión sobre el trabajo del poeta. En la presentación del XVII Festival internacional de poesía de Rosario, que se hizo en Buenos Aires, el uruguayo Roberto Appratto leyó un poema bien meticuloso tomándoles el pelo a los poetas que se imponen la rutina de escribir un poema por día. El poema de Appratto fue uno de los “hits” del festival. Otro fue el poema de apertura que leyó Kozer en Rosario, que hizo que a mitad de la lectura la gente se pusiera de pie para aplaudirlo.
También la mesa de cierre, compartida por Estela Figueroa y Juana Bignozzi, fue varias veces interrumpida por los aplausos. Y Beatriz Vignoli leyó uno de los poemas más comentados, sobre la relación incómoda que mantiene con su nombre. Vignoli compartió mesa con Roxana Méndez, de El Salvador, y con Rosario Bléfari, que cerró la lectura. Cuando Bléfari se confesó un poco intimidada por el rol que le tocaba, Vignoli intentó tranquilizara diciéndole que se imaginara que estaba saliendo a tocar después de Beck.
Bueno: Kozer, cultor de una poesía barroca y como entrópica, levantó el guante lanzado por Appratto y reconoció que él era uno de los que, casi por método, escribían por lo menos un poema por día.
Los poemas de Méndez, de versos cortos y una acentuación muy marcada y pareja, sonaron como canciones. Denise León, de Tucumán, leyó unos poemas vinculados con la tradición ladina, de la poesía judeo española, y Laura Fochetti, de Mar del Plata, unos con cierta inspiración familiar.
La traducción de Cecilia Pavón de un poema de Nikola Richter, criticada por uno de los poetas asistentes, concentró buena parte del debate generado en la mesa sobre traducción que coordinó Mirta Rosenberg. Soy un linaje en extinción y vivo en un container, dice el verso cuestionado. El punto era: ¿es válido decir, en castellano, “soy un linaje”?
Asistentes a la Escuela de poesía de Daniel Durand se retiraban el miércoles a la noche de Parque España, después de haber escuchado a su profesor cerrar la jornada en una mesa con la chilena Malú Urriola, preguntándose si no habría dos “Duranes”: uno moderado, al mediodía, en el taller, y otro desaforado, escandaloso, al momento de leer.
Meliza Ortiz, de Jujuy, leyó poemas muy breves y sencillos, bien descriptivos, como zen. Para recitar los suyos, el belga Kurt De Boodt apeló a la lectura con una dicción experimental bastante marcada e histriónica, en una línea estética poco explorada por la poesía argentina actual.
La mesa sobre la poesía argentina del siglo XXI giró alrededor de las formas en que otras poéticas se relacionaban con la llamada “Generación del 90”. Se citó a Martín Gambarotta: “mi tradición son mis contemporáneos”. Después de defender el rol no homogeinizador que habría tenido el Diario de Poesía en la conformación de la estética de esa generación, el editor Gustavo López señaló que el mercado de poesía no existía. Ariel Williams, de Trelew, ponderó la reaparición de poetas olvidados como Leónidas Escudero, Néstor Groppa y Bustriazo Ortiz.
El panel de lectura que integraron Jorge Aulicino, Elvio Gandolfo y Diana Bellesi fue uno de las más convocantes del festival. Gandolfo contó que había vuelto a escribir poemas después de cinco años de no hacerlo, y admitió que haber intentado escribir un texto diario, cosa que logró durante un trimestre.
Una hora fue muy poco tiempo para que Darío Cantón, entrevistado por Gandolfo, hablara de la singularidad de su obra única, una indagación de sí mismo comenzada en 1975 donde se mezclan poesía y sociología, que ya lleva cuatro voluminosos tomos editados, y continúa. “Mi mayor curiosidad es entender cómo se trabaja”, dijo Cantón. De antes del 75 hay varios libros suyos que son antológicos: Corrupción de la naranja, por ejemplo, donde describe el proceso de putrefacción de tres naranjas a lo largo de dos meses, o La mesa, o el Vademecum Médico Cantón.
De Brasil estuvo Horacio Costa, que leyó algunos poemas con cierta textura pre concretista y sorprendió después con otros mucho más subjetivos: Viendo un video de Leonard Cohen en un sauna gay de San Pablo y otro sobre las asimetrías entre prosa y poesía, a raiz de un encuentro casual con el poeta Roberto Piva y su amistad (de Costa) con José Saramago. Cristian de Nápoli leyó las traducciones de los poemas de Costa y las del finlandés Tomi Kontio, así como Pavón las de Richter y el guatemalteco Alan Mills las de De Boodt
Después de las cenas, la programación continuaba en el Bar Tercer Mundo, habitual reducto de poetas rosarinos. Ahí, entre las voces de las mesas, la bebida que empezaba a distraer la escucha y el cansancio por el día transcurrido, los poemas necesitaron otra impronta de lectura para abrirse paso. El mexicano José Eugenio Sánchez, con unos versos que parecían emitidos por la voz de un televisor, fue de los que más se destacaron en este escenario, donde también sobresalieron Marcelo Díaz, de Bahía Blanca, recitando con la cabeza cubierta con una máscara, y Mills, con una capacidad sorprendente para dotar de intensidad un discurso aparentemente anodino. Escuchar a Kontio leyendo en la firmeza de su idioma natal no fue menos cautivante.
Simultáneamente al festival, se llevó a cabo una Feria de libros y editores de poesía, que todo el tiempo estuvo bastante concurrida y, según dijeron los editores, tuvo un nivel de ventas interesante. Gog y Magog, Chapita, Eloísa Cartonera, Del Diego, fueron algunas de las editoriales presentes.
En esta oportunidad, fue la figura de Francisco Urondo la que concentró las actividades de homenaje del festival. Hubo varias mesas de debate sobre la vigencia de su obra y se proyectó La palabra justa, documental sobre el poeta filmado por Daniel Desaloms. También se presentó la esperada reedición de Veinte años de poesía argentina, un volumen de ensayos que Urondo había publicado en 1968.
La proyección de tres películas del cineasta y poeta colombiano Victor Manuel Gaviria (Rodrigo D. No futuro, La vendedora de rosas y Sumas y restas) fue uno de los puntos más altos del festival, con una enorme convocatoria de público.
Hubo muchísima actividad, en sedes duplicadas. Imposible escucharlo todo. Las entrevistas a Diana Bellesi, la española Chus Pato, Juana Bignozzi y José Kozer, por ejemplo, se hicieron en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, mientras que las mesas de lectura de desarrollaban en el Centro Cultural España.
Todo terminó con una maratón de lectura bajo un sol ardiente en la plaza Montenegro. Al luxemburgués Jean Portante y al mexicano Ernesto Lumbreras recién pudimos oirlos ese día. Fue una lástima haberlos descubierto tan tarde, porque fue de lo mejor que escuchamos.