Cinco preguntas a Sebastián Bianchi (publicadas en Poesía Argentina)

1) Tus libros, tu escritura, parece siempre ligada a cierta imaginación técnica: de la gramática a la publicidad, de la cartografía a las máquinas solteras. ¿Cómo pensás la relación entre tecnología y literatura?
Me gustan las tecnologías pobres: el lenguaje, con sus palabras cotidianas y las raras de los diccionarios, es una tecnología bastante simple, comunitaria, que crece en la plaza pública, en el sermón o la viñeta. El cuaderno, con sus tapas blandas o duras, sus hojas rayadas, sus larguísimos renglones oscuros, y la lapicera, la birome, el sacapuntas -en su conjunto- son tecnologías accesibles. La literatura, a pesar de haber acumulado mucho prestigio (haberse capitalizado en favor de la institución Literatura), viene del canto de la guerra y de las primeras adivinanzas, del juego de palabras y las onomatopeyas. De la gratuidad y del grito. Las letras, las tipografías fueron una hendidura en el barro primero, una marca del ceramista en la página blanca. Ahora tenemos además del Word, Photoshop y Flash. La imaginación va por el lado de las herramientas y de la estructura textual, no tanto por los contenidos. La pequeña tecnología en movimiento debe estar en el texto, con sus embragadores, sus rimas y métrica.
2) Técnicamente, como tecnologías de la imagen, tus poemas visuales exhiben una cierta pobreza de recursos. Casi como si hubiese un efecto en esa sencillez de los elementos, de su gramática. ¿Qué idea tenés de los efectos en literatura?
Pienso en el “Cuadrado negro” de Malevich. Super simple, pobrísimo, todo en él está afuera, en los discursos que fabrica. Otros apuestan por la emoción, el gesto, o por el intercambio, la socialización: tendrán sus efectos, dispondrán del cebo para lograr receptividad. Otro efecto posible: la ilusión del movimiento en literatura. Primero buscaba que las letras aparentaran movimiento, que con algún recurso óptico lo dieran a entender, y después literalmente las letras se empezaron a mover. Una vez que se mueven, por ahí lo que busco es el efecto de interacción. De todas maneras suelen ser mecanismos bastante pobres, en cuanto a sus posibilidades mecánicas, no más complejos que un secador de pelos. La sencillez, la pobreza de recursos es a veces una consecuencia del aprendizaje de una técnica que no conozco. Creo que saco más provecho cuando no conozco la herramienta con la que voy a trabajar. De ahí, quizás, el aspecto de sencillez en los resultados. Además, haga lo que haga o tenga la forma que tenga el texto, siempre busco a la página blanca: de alguna manera se tiene que dar a entender que hay una hoja de papel debajo de todos esos signos. O que el secador de pelos está montado sobre un cuadernillo. Por otro lado, los efectos son algo que ocurre en el medio, entre varias cosas, hay un algo que organiza sus intervenciones y un otro que se instala frente o en los aparatos mismos. Pero lo que me gusta es la incertidumbre con respecto a los resultados del efecto. Y la independencia. Lograr, si fuera posible, un objeto textual que funcione independientemente de uno mismo. Por ejemplo, alguien dice: “A partir de ahora el telégrafo con hilo, con ese chirriante y metálico código Morse, va a ser el padre de la poesía moderna”. Hay un nombre que aparece en varios poemas visuales: El juguete pobre. A veces son solo unos pocos signos que sirven para hacer andar la imaginación, a la espera del lector que venga y arme su propio rompe-cabezas. También lo relaciono con la escala de los proyectos y con qué elementos se necesitan para hacer la obra elegida. Si se me ocurre trabajar con lentes o con imanes, el límite va a estar dado por el presupuesto, por la pequeña escala de una economía doméstica: nada que haga necesario el trámite de un subsidio o una beca. En un arte “pobre” el gasto debe ser el de los signos, el del sentido.
3) A pesar de esa matriz técnica, o tal vez por eso mismo, en tus textos no parece haber un control particular sobre el resultado final. Como si en eso no hubiese un énfasis especial. Ponés en marcha los mecanismos, y que lleguen a dónde sea. ¿Puede ser?
Sí, tranquilamente. La mecánica sería la técnica o el oficio por el cual se consigue meterle inercia a un elemento cualquiera: trozos de animal, volantes, listas de precios, trapos de viejas remeras, no importa: se trata de diseñar el dispositivo económico que los haga moverse. Al principio de independencia se opondría uno que llamaríamos de incertidumbre, o que es colateral: me pierdo en sus efectos, como un paciente. Otras veces no sé muy bien de qué se trata. Con los poemas que tienen animaciones me pasa seguido. Me siento, los prendo, interactuó, toco los botones, pero no sé: en ese momento estamos cumpliendo con el principio de incertidumbre. Teoría y práctica van de la mano. En Manual Arandela pasa algo respecto del control, de eso que vos decías: hacia el final sobre todo, los textos empiezan a soltarse y una vez en marcha pueden significar cosas muy diferentes. En los ejercicios de Atlético, algunas oraciones o los textos de integración cumplen esa función de máquinas solteras y donde los resultados de una interpretación pueden ser diversos, una ecuación que -en teoría- nunca arroja el mismo total.
4) En el Manual Arandela, se ve algo un poco rousseliano de tu trabajo: hacés que un mismo texto signifique algo leído literalmente, mientras que leído metafóricamente significa exactamente lo contrario. Quería preguntarte cuáles pensás vos que pueden ser hoy los elementos más aprovechables de Roussel y de Jarry.
Los dos tienen una forma de relatar la realidad pero sin recurrir a la matriz imaginativa del realismo. Arman zonas estrafalarias, desconocidas -que no son ciencia ficción o literatura fantástica-, con algunos artefactos o juguetes por ahí, moviéndose o haciendo sus cositas, lo que se ve en Faustroll, en Impresiones de África o Locus Solus. De Ubú me interesa todo el lenguaje, con su humor popular y escatológico, las bobadas de los juegos de palabras y los estribillos picantes y libertarios, los títeres. El gusto por los mecanismos y los juguetes tiene mucho que ver con los títeres. En el caso de Jarry me interesan sus escrituras, sus diversos modos de emitir. Entonces con esa heterogeneidad o maleabilidad de los materiales lingüísticos puede hacer que un relato como Faustroll se vaya para un montón de lados diferentes, que se pierda cualquier referencia espacial o de tiempo real. De Roussel y de Jarry son aprovechables sus libros, conseguir una edición usada de los Almanaques, de las poesías o del Cómo escribí… O sacar fotocopias: si uno no encuentra libros viejos, le puede sacar fotocopias a los de un/a amigo/a.
5) A los cuarenta y pico de años, con una familia, una profesión que te consume muchas horas, una obra en reconsideración y en crecimiento: ¿cómo pensás tu vida como escritor?
De todas las facetas es la que mejor se lleva con mi manera de ser introvertida. Y como siempre escribir significa estar solo, me escondo en el lavadero donde tengo instalado el escritorio y ahí “escribo”. En general, la figura del escritor se usa vinculada con la escritura alfabética, a lo sumo alfanumérica. No conocemos que el Nobel de literatura se lo dieran a algún autor pictográfico o ideogramático. Mucho menos a uno que escriba con una plancha o sobre una tabla de lavar. Si ser escritor significa manipular el abecedario y los números, entonces mi “vida como escritor” está prácticamente terminada. Llenaré algunos cuadernos más de garabatos y nombres de batallas. Ciertamente, si se me diese esa posibilidad de elección, tendría la vida de un escritor amateur que se va deteriorando junto con sus materiales. Que en su intimidad de escritor se desintegra.